"La patética", canción de Iberoamérica

Siempre me ha impresionado el contraste entre el tercer y el cuarto movimiento de “La patética”. Tras elevarte a las alturas del frenesí, Tchaikovsky te hunde en el más melancólico estado de ánimo que jamás haya conseguido la música. Ni los segundos del silencio “recogetoses”, que separan los dos actos, alcanzan a adecuar la función auditiva a ese tránsito de un universo a otro. Sin más, se pasa de un “alegro molto vivace”, donde el corazón se acelera ante un estruendo de gloria, a ese “adagio lamentoso”, a duras penas un “andante”, que nos retorna a la triste cotidianidad de la vida. Un instante antes, la respiración se sofoca y los brazos se elevan hambrientos de aplausos, para, de pronto, al momento siguiente, caer en el más terrible de los silencios.

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Los que gustan de disfrutar la música en directo conocen hasta que punto esos momentos se viven con emoción. Es curioso que el lenguaje musical los describa como “alegros”, con independencia de que ese atronador cúmulo de sonidos nos arrastre a los bordes del precipicio, esto es debido, como más de unos se percata, por el uso de notas altas, asistidas por el estruendo de la percusión y los metales. Timbales, bombo y platillos acumulan una potencia que casi amenaza con rasgar los tímpanos. La suma alegría y el sumo pavor se confunden en el retumbar de instrumentos. Punto de catarsis al que nos arrastra la buena música.

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Hoy Iberoamérica estalla también en el crujir de un nuevo incendio. La tormenta que vimos en Venezuela, trepita ahora en el resto del continente. Del Istmo a Tierra del Fuego. Chile, Colombia, Ecuador, Bolivia, quizá pronto también Perú, Paraguay e, incluso, el inmenso Brasil. Un grito humano recorre todo el Nuevo Mundo con la violencia de una herida abierta. Clamor de pueblos abandonados por la historia que, en feroz ritornello, reclaman de vez en cuando su sitio bajo el sol.

Recientemente estuvo con nosotros el decano de la abogacía guatemalteca, Marco Antonio Sagastume. Defensor eterno de derechos que se reclaman del hombre. Él lo había visto, nos lo dijo, no hablaba de historias escondidas en el pasado de una conquista abrazada a sangre y fuego: la caza del indio por el hombre blanco. Como bestias, como piezas para un trofeo en las paredes de Palacio. El indio como alimaña, como sucia rapaz a la que se da el lazo y se cuelga en un poste. Racismo puro acumulado desde otros tiempos. Tiempos de tan lejanos, todavía presentes. Venas abiertas de Iberoamérica.

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La impiedad de un mundo brutal de espaldas a toda conciencia humana. Chile lleva dos meses de incendio tras más de veinte años de constitución nefasta, tras ya ochenta años de nazismo recrecido tras la guerra, tras siglos de opresión nefanda. Claman por una constitución liberada de la bota militarra, por una soberanía de pan y libertades que el mundo, es decir, todos nosotros, desde esa Europa que tanto habla, hasta esas naciones unidas siempre tan calladas, se niega a otorgarles a la espera de un mejor momento que nunca llega. Un Ecuador también olvidado del destino, como ese indio Morales expulsado a un exilio del que, ahora, Europa no quiere saber nada. Los tísicos oídos de Occidente a duras penas oyen el gemido cuando sale de la garganta de un indio. El dolor de los pobres no hace saltar la parrilla del telediario.

Mientras, ese tono mayor sube. Sube y sube como un clamor, como un estruendo. Hogueras de un San Juan infinito que quisiera borrar todos los males. Sube y sube en la escala imaginaria de un pentagrama maldito. Tueno que amenaza convertirse en rayo. Medio mundo, Europa entera, de Madrid a los berlines. El largo retumbar de los cueros parece haber ensordecido nuestras conciencias. Uno a uno, los testigos quisquillosos que, apenas, hace un año saltaban ante la triste Venezuela, ahora apartan la vista ante las no menos tristes naciones que, de Honduras a Chile, lloran también en nuestra lengua.

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Renacen tiempos de “Santa María de Iquique”, cantos de baro y lucha que cruzaron América llenando de sones populares los tristes gritos de toda la cordillera. Recuerdo algunas voces Quilapayum, Inti Illimani, Mercedes Sosa, Víctor Jara, Violeta Parra, Mariana Montalvo, Atahualpa Yupanqui. Muchos otros he ido olvidando entre sus ritmos locales. Voces que hablaban de pueblos doloridos, de esperanzas y miserias. América hecha canto. Hoy, de nuevo retumba ese “dies irae” en una Misa Criolla que vio en los Andes un inmenso Gólgota.

Sufro cuando veo, como en una pesadilla que nos traslada al infierno de otros tiempos, jóvenes que, en vez de rebosar vida y entusiasmo, ignorantes de todo, claman por el retorno de las botas militares. Veo sus rostros. Tras sus guayaberas blancas esconden camisas negras. Militares en Bolivia con licencia para matar, nos lo explica esa autopresidenta, llenos sus labios de carmín y sangre. Soldados y policías en Chile incorporando las violaciones como argumento. También Cuba y Venezuela, que nadie las bendiga. No es inocente llenarse la boca de la palabra “Comandante”, pero pedir la intervención del ejército, llamar a soldados extranjeros para que te saquen las castañas del fuego, hace de las voces que eso dicen puro excremento.

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Pistolas y cañones para un renegado lenguaje. El estrépito del metal de la guerra, la percusión de las bombas, el arco infinito de un violín de gritos, el silencio “maestroso” del miedo. Como en “La Patética”, el corazón se encoje a la espera de un “Finale”.


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