La precariedad como espectáculo

El cine es también antropología. No hace falta que sea una gran película. A veces resulta mejor todo lo contrario. Se reconoce más a la sociedad en el cine de barrio que en las profundidades del arte y ensayo. “Vente a Alemania Pepe” trasmite los temblores de la España profunda mejor que la obra de Berman. O de Saura, por venir al caso. En “La caza” o “El séptimo sello”, más que el mundo vemos la mirada, es por eso que hablamos de arte y de genios, en cambio, la presencia de un Landa sí que me remite al paisano de toda la vida. Decir de algo que es antropología reclama la utilidad de los cinco sentidos, y el último de ellos no será en absoluto el olfato. Como decimos, en “Vente a Alemania Pepe” el cine huele a pueblo.

*

Hoy, en la sociología al uso, hemos acuñado un nuevo término: “El precariado”. Su construcción sintáctica no deja lugar a dudas. Estamos ante un concepto que remite al orden social, es decir, a los grandes grupos humanos. Arrumbado al baúl de la historia, el viejo “proletariado” dejó paso, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, a lo que llamamos la sociedad salarial, haciendo referencia a la dependencia, casi universal, de ese salario que no hizo a todos empleados. 

El capitalismo, en estos comienzos de siglo, da una nueva vuelta de tuerca y, frente a esa dulzona comodidad que proporcionaba el saberse con una nómina al comienzo de cada mes, impone ahora el nuevo sistema social. Dicho en términos bíblicos: “al que nada tenga, hasta eso le será negado”. El trabajo deja de ser, ¡que va ya un derecho!, ni siquiera un objeto de contratación como nos promete eso del “contrato”, sino una entelequia, esa quimera que persigue en su extenuante carrera el raider, metáfora perfecta del joven del siglo XXI.

Miro a mi alrededor y contemplo lo acertado del término. Peonadas inmisericordes a golpe de bicicleta, mientras los poderosos de la tierra le gritan que pedalee más fuerte. Médicos y enfermeras contratados por uno o dos días y solo para guardias, profesores universitarios que estiran las becas hasta más allá de los cuarenta años, abogados que queman sus pestañas en jornadas interminables al grito de la competencia, periodistas en vigilias infinitas ante el umbral de la noticia. Aquí ya no se salva ni dios. Funcionarios o contratados, egresados de las politécnicas o salidos de la FP, “allegados -decía Manrique- todos son iguales”. Hablamos, digo, del precariado.

Y es ahí, de pronto, que he entendido lo que vi en una de esas películas de barrio. No hablo, ya lo he dicho, del cine culto, me refiero a “Los juegos del hambre”. No sé si el director buscaba ese efecto, pero la antropología tiene eso, de pronto ves un retrato del hombre de hoy en medio de escenas de lo más tonto. El terror que genera esta película no es otro que esa dimensión escénica de la miseria. Como digo, el precariado.

El viejo proletariado trabajaba sin descanso, sin embargo, las luchas obreras le abrieron a un sueldo digno. La clase salarial de los 60-70 se adhirió al consumo y, como espectadora llenó las gradas. Se les echó en cara que, hipnotizadas de futbol y cine, cambiaban derechos por sueños. Al menos, me digo, se les dejó soñar como a los héroes de Calderón y Shakespeare. El nuevo precariado, en cambio, rompe este círculo y es arrastrado a la escena. Consumidos por un trabajo feroz, como lo eran los cristianos por los leones en el circo romano, ellos son el nuevo espectáculo.

Había un chiste gráfico de Quino que aún me hace troncharme de risa. En la primera viñeta se ve el patio de butacas y palcos de un enorme teatro clásico, rematado al otro extremo por los grandes cortinones de un telón bajado. La segunda viñeta muestra como el teatro se va llenando. En una tercera imagen vemos como el telón comienza a subir para el inicio de la sesión. El efecto cómico -la catarsis- se aprecia en el último cuadro: al otro lado del telón se contempla otro gran patio de butacas casi idéntico y simétrico, también él repleto de espectadores. El espectáculo exhibido, esta era su tesis, no es otro que el mismo público.

En Quino la escena todavía es democrática. En el fondo, esa era su moraleja, todos somos comediantes y espectadores al mismo tiempo. El juego no sería otro que mirarnos los unos a los otros y partirnos de risa.

En “Los juegos del hambre” se introduce la variante del precariado.

No todos somos iguales. El sueño democrático de Quino se disipa como la niebla con el trueno. Los palcos, es cierto, siguen cubiertos por los señores de siempre. Lo terrible, lo angustioso, es que, convertidos en protagonistas, nos hemos visto arrastrados al foso de los leones. Vuelve el circo romano, solo que ahora, los nuevos condenados son devorados por el vértigo de una carrera sin sentido. La plebe antigua reía a carcajadas cuando leones y osos destripaban a esos miserables a los que la imperial Roma condenaba al suplicio. Hoy, esos nuevos señores de siempre también ríen y se divierten al vernos correr desesperados huyendo de las nuevas fauces del trabajo precario.

Sangre y huesos saltan por los aires destripados por el inestable equilibrio de un trabajo desquiciante. Como en Amazón, se mea en botellas para no perder el ritmo. Mientras, olas de entusiasmo se levantan en esos que nos contemplan morir como gusanos. La nueva realidad a la que vamos no es más que esa: nosotros mismos somos el terrible espectáculo.


0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *