Tristeza y asco. Malos fundamentos para abrir la ironía. La Selva Mundo se incendia y toda nuestra capacidad de reacción se reduce al cruce de boutades entre Bolsonaro y Macron. El sargento carioco reduce su argumento (uno solo, que dos es ya mucho) al gigantismo de sus testículos. Compara esposas como los alpinistas comparan las cumbres que han subido. El monte de Venus de la mía es más alto, debió decirle al gabacho que, a su vez, pretende resolverlo todo con un crédito a fondo perdido. Guiños y reflejos que le vienen de la Rothschild donde trabajó de niño. ¡Y esos presiden dos de las grandes potencias del mundo! Pobres bosques de la vida, calcinados por la brutalidad del hombre. De nuevo, solo asco.

Es cierto que el fuego es parte de la cultura humana. Puestos a decir boutades, el hombre es hombre desde que aprendió a incendiar el paisaje. La imagen del principio, -¡mirar a Prometeo!- se identifica con el fuego, antes propiedad exclusiva de los dioses. Somos hombres desde que la antorcha se asoció a nuestras manos.

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De los Altos Hornos a la mesa del sacrificio. Jehová se representa siempre en paisajes incendiados. Ya sea un espino ardiente o un carro de fuego. Tampoco le va a la zaga Zeus, que abrasa a su dulce novia cuando se exhibe en su esplendor mortífero. ¡Asco de pirómanos!

Canarias, Siberia, el Este y el Oeste Americano, media África y la Amazonia toda. Un hambre nos devora (curiosa coincidencia en el uso de los verbos: devora el hambre y el fuego). Que nadie se engañe. No es la barbarie lo que ahí rezuma. Ni el lobo malo ni el burro tonto llevan las cerillas al bosque. Buscar por otros lados. ¿Madera? ¿Pastos para el ganado? ¿Lugar para la siembra? ¿Nuevas parcelas de un proyecto urbanístico? De todo un poco.

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Pero, que nadie lo dude, también algo de teatro. Me contaba un viejo del pueblo que, allí, en todas las fiestas ardía el monte. Era más exacto: a la hora de los toros. Sobre esa coincidencia algo tiene que decir el psicoanálisis. Creo que es Ferenczi quien nos habla del carácter solar del animal astado. Quemas que recorren el imaginario popular calcinando los malos recuerdos. Esos viejos cachivaches que se amontonan en el altillo. De Valencia a Tarento, del fuego de las fallas a ese baile que, como la llama, sacude los cuerpos. Música y luz contra el mortífero veneno que se esconde entre las piedras.

También pureza. Eso nos dicen. ¿No purifica – ¡con fuego! – el cirujano sus instrumentos? La idea de pureza -¡maldita palabra!- ha santificado las llamas a lo largo de siglos. La hoguera abrasa al reo de herejía. Tampoco es casual que sea el tormento predilecto de la Iglesia.

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Entremés. Dícese de obra escénica jocosa y de un solo acto, que solía representarse entre dos jornadas de la comedia. No se me ocurre mejor definición para ese picante diálogo entrecruzado entre nuestros dos grandes de la política moderna. En medio de la comedia del G-7, el entremés sambero. Imagino que sus pullas tenían, como suele ser en el teatro, intenciones de flirteo. No me extrañaría. En Biarritz, aunque la comedia desplegaba todas sus galas, el excesivo barroquismo de la escena destilaba un no sé qué que apuntaba hacia el fracaso. 

Las salidas de tono del indiano no compensaban las ausentes brutales carcajadas de un zar marginado. Ni el recurso a Montesquieu conseguía realzar el interés del público. Me refiero, como atina el lector, a ese Montesquieu menos político y más moderno, que hace de sus “Cartas Persas” expresión de una Ilustración multicultural. Macron se sacó, así, de la manga, un personaje con turbante, actor siempre bienvenido a las fiestas versallescas. Pero nada, la obra rezumaba aburrimiento. Y entonces llegó Bolsonaro. Ponerle de carnaval y redondeáis la escena. Un “entremés”, como digo.

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Contemplo desde mi ventana (termina el verano) las fiestas de aquí y allá. Fuegos artificiales los llaman. Puro pleonasmo. El arte -el artificio- no es más que fuego. Como el teatro. Siempre entre candilejas.

Mientras se quema la Amazonia. Y de forma menos mediática las grandes selvas de Angola a Mozambique. Con unos intereses que no pondría ni la banca Rothschild, pagamos con creces la deuda contraída con los dioses.


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