La tragedia

Hay dos modos de tragedia. Acostumbrados a la exigencia de unidad de tiempo y espacio a la que nos llevó la escena ática, hemos terminado por asociar los modos trágicos a esa concentración de la tensión en un momento álgido. Asociamos la idea de tragedia a ese estallido que, en un solo acto, destroza cuerpos y conciencias. De pronto, tras el terrible sumatorio de tensiones, el mundo explota en un arrebato de sangre y adrenalina. Solo, después, puede llegar la calma.

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Es el modo de la tragedia clásica. Los acontecimientos se acumulan con una densidad tan violenta que el héroe, fuera de control, se eleva hasta los cielos para caer luego, con un estrépito que nos deja sin aliento. Un choque que también sacude a esos espectadores que llenamos las gradas y que terminamos viviéndolo como una verdadera liberación de las angustias acumuladas. Aristóteles veía este modo trágico como una mecánica de salud del alma, verdadera katarsis que, frente a la congoja del vivir cotidiano, nos arrastra como un torbellino al frenesí para depositarnos, tras el dolor, en el sosiego. Combinado de tempestad y calma. El baño de lágrimas que nos damos nos conduce, esa es la tesis de los griegos, a la asunción pacífica del orden del día.

Sin embargo, también existe otros modos trágicos y, quizá, esta es mi tesis, sus formas son aún más brutales y violentas, pues la destrucción que producen nos arrastra a la nada más absoluta. Una tragedia que, frente a la concentración de dinámicas y acontecimientos como aceleradores de la historia, se disuelve en una eternidad que termina imitando la existencia. Me refiero a una tragedia en la que -justamente está ahí el terror que genera- nunca pasa nada.

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Aquí lo trágico se vive en ese espacio empantanado en el que el tiempo parece abdicar de su presencia. Un devenir absolutamente extraño a la vida. Sin acontecimientos, sin constancia de esas necesarias dimensiones sobre las que se reafirma la presencia del sujeto. Coordenadas de espacio y tiempo que se disuelven en un infinito que se asemeja a la nada. Una tragedia en la que el héroe, no es que luche contra la muerte, directamente se funde con ella.

Pese a su simpatía por los griegos, el gran Nietzsche coloca ahí la expresión de lo auténticamente trágico. Pensamiento trágico que enlaza con esa pléyade de extraños autores -Lucrecio, Marsilio, Gracián, Pascal y algunos otros- que, alérgicos al cristianismo salvífico, arranca ya desde la antigüedad misma. Un pensamiento en el que, ni siquiera la muerte, alcanza presencia alguna.

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El Molloy de Samuel Beckett, o “El desierto de los tártaros” de Buzzati son dos ejemplos perfectos de este pensamiento trágico. Ese “no sé cuándo llegué” que inicia el texto en Molloy convierte en imposible la idea de tiempo. Como la muerte de Drogo en ese místico desierto que hace desear, como única salvación posible, el siempre postergado asalto de los bárbaros. Hay quien ve en “La ciudad de dios” la katarsis de un San Agustín, desahogada la crispación de ese saco de Roma tan temido y tan ansiado.

En “La noche”, Guy de Maupassant convierte el placer de un paseo nocturno en la peor de las pesadillas. No tema el lector, no le ataca ninguna pandilla de violadores desalmados, el terror anida en ese fluir de la vida que se nos escapa de entre los dedos, una sensación dulzona que nos lleva a confundir la vida con la muerte. El húmedo contacto con las aguas del Sena se convierte en la única salida posible. De nuevo la clave está en esa escena del reloj y su rechazo al cómputo del tiempo. 

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“La sala número seis” de Chejov, como “La dolce vita” de Fellini, contienen también el germen de ese misterio. Aquí, la inconsistente vida de Marcelo entra en trance-pánico en ese amanecer helado tras la fiesta de disfraces. Vida y muerte, de nuevo, se confunden, como nos afronta el Gran Federico en la que, creo recordar, es la escena siguiente. La más que perfecta vida de su amigo el académico, se deshace, sin que nada pase, como un terrón de azúcar en el café caliente.

En la última estrofa del homófilo poema a Marco, el genial Verlaine también trasluce esta estela trágica. Tras cantar entusiasta el baile, la música, el pasar y dormir del cuerpo amado, los versos retienen, en esa estrofa de amor, el helado tajo de un cuchillo. El trepidar del verso en ese: “Y todo se hiela”, impone, de nuevo, el sabor agridulce de un gozo petrificado por la muerte.

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Estas son las lecturas que me vienen cuando contemplo la política hoy. Como ese mar de sargazos donde los buques encallaban atrapados por unas algas que convertían las aguas en puro barro. Un caldo que de espeso semejaba a la solidez de la tierra. Artur Gordon Pi también lo sufre en su iniciático viaje a un Sur más psicoanalítico que geográfico. También aquí, unas aguas empantanadas saturan el espacio social y político. Ciénaga en lo académico y cultural, en lo económico y social, en la religión y en el misterio. Pero, sobre todo, ciénaga en ese impasse que hace de la política algo que nos recuerda inevitablemente el asco.


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