Como conoce todo autor, la trama es algo va más allá del argumento. El argumento es la razón de una historia, el fondo, más o menos plano, que da sentido a la obra, por el contrario, la trama es otra cosa, ese hilo que, atravesando los mil vericuetos del telar, conduce la atención del espectador desde el inicio al desenlace. Si el argumento es la idea, la trama es la materia viva que interpretan los actores, el eje de todo ese movimiento. 

El argumento de Hamlet es la corrupción del poder -ese “algo huele mal en Dinamarca” que nos permite identificarnos con la escena- la trama, sin embargo, se esconde más tras los cortinones de palacio. Polonio sabe de esas cosas. En resumidas cuentas, esas palabras engañosas que destilan las cartas, las miradas cruzadas, los gestos que delatan traiciones, ese rosario de acontecimientos que, como las piezas del dominó, caen empujados unos tras otros.

Propongo aquí una reescritura de Lady Macbeth. Me centro solo en la trama. Si paseamos la mirada sobre algunas fotos publicadas estos días, encontrareis su figura. Cambio paisajes y reinos y me concedo la libertad del poeta, pero los más suspicaces descubriréis el argumento.

El imperio está sacudido por mil tensiones. El emperador -aquí es el bueno- trata de salvar un orden que se desmorona. La peste -también esto es importante- asola campos y ciudades y muchos cortesanos y nobles, también los reinos vecinos, esperan la explosión de todo aquello para saciar su apetito.

Sin embargo, el fuego, es decir, el meollo del asunto, está en otro lugar. Bohemia -uso la geografía con la misma libertad que lo hace el gran Shakespeare-, uno de los reinos que componen la entidad imperial, tiene su propia crisis. Padece la crisis por antonomasia, la más terrible de todas, la del dinero. Es ahí donde aparece la Lady Macbeth de nuestra historia. Bohemia tiene las arcas vacías. El despilfarro, la avaricia, la prepotencia y sobre todo la usura -atención a la palabra, no es neutra- han terminado por quebrar la verdadera joya de la corona de las financias imperiales.

Pese a su inmenso orgullo -este sería el argumento- la soberbia princesa está dispuesta a todo. Digo que este es el argumento pues es ahí donde se aprecia la modernidad de la escena. Un noble medieval o un tirano antiguo hubieran dejado caer todo el castillo sin ver temblar las arrugas de la toga, pero en los tiempos modernos el dinero lo es todo y las arcas vacías son más humillantes que el vender el alma y el cuerpo. El destino del apellido más grande del imperio se vuelve mercancía que hace frotarse las manos a los usureros de medio mundo. Es el capitalismo, amigo.

Pero la trama es otra. En la trama se aprecia el prodigio de intrigas y miserias que ponen en juego los protagonistas. El coro nos cuenta que Lady Macbeth ha llamado a todas las puertas. Un heraldo hace insistencia de dos en especial, las del propio emperador -que, al parecer, se niega a recibirla- y la del sumo sacerdote de los magos del que se dice, que, careciendo de poder terrenal, es, sin embargo, el depósito de toda la legitimidad del imperio. Es ahí donde la trama encuentra su hilo oculto.

La escena, en esos momentos, oscurece sus tonos. El emperador se ve cogido en un constante fuego cruzado que amenaza con hacerlo saltar todo. El papel de traidor aquí lo asume ese felón del rey de los magos, dispuesto también a desquitarse de un señor que, negándole su poder antiguo, reclama su legitimidad en los tiempos nuevos. El punto nodal de los acontecimientos lo constituye una carta (Bismark optó en su narración por un telegrama, hoy podríamos hablar directamente de una simple llamada telefónica) que, aparentemente sin quererlo, trasluce lo misterios de esas legitimidades que entran en juego. Ahí está la yesca junto al fuego: lo que era privado, voluntariamente se vuelve público y las vergüenzas de unos y otros saltan al escenario. Rápidamente, los voceros y cortesanos propagan el virus y, de pronto, el aparato del estado siente un escalofrío que lo recorre como un rayo.

En la trama habría que incorporar algún que otro detalle. Al parecer, entre la pérfida princesa y el malvado mago ya hubo ciertos rumores. No por nada lacayos compartidos mantienen la inteligencia entre ambos.

La obra llega así a su último tramo. Una conjura perfecta llena de símbolos. Los grandes de la cosa -puros chacales- esperan impacientes devorar los restos de la batalla. El desenlace…, miro el reloj y a duras penas quedan algún que otro cuadro. Si la tragedia se confirma, las llamas inundarán el escenario y no se salvará ni el apuntador, como decía el dicho.

Shakespeare optaría, sin embargo, por una solución menos trágica y más dramática, es a eso a lo que llamaríamos un golpe de efecto. Un relámpago de bravura, la imagen del hacha -guillotina si el ropaje es dieciochesco- y el emperador mandaría decapitar a toda esa troupe de malvados. Entre las leyendas hispanas resuena un título. Lo dejo como idea, “la campana de Huesca”.

Puro teatro.


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