El teatro clásico, y digo esto con minúsculas, haciendo referencia al de hace, a penas, un siglo, descansaba sobre el trabajo de las “compañías”, pequeñas “troupe” de cómicos que, de pueblo en pueblo, iban representado las obras conectando a los autores con un público universal. A ello se avezaba toda la industria teatral, desde el autor, necesariamente constreñido a desarrollar su obra sobre ese esquemático reparto de papeles, hasta el mismo negocio, obligado a calificar roles y actores según las exigencias de ese reparto. Gracias a ese perfecto anclaje, esas compañías, pequeñas o grandes, podían recorrer la geografía de su mundo manteniendo la coherencia de una estructura empresarial.

Ahí había, como en el negociado de una oficina, contratados para hacer de “viejo o vieja”, de “galán” -subdividido, a su vez, en joven y maduro, según las disponibilidades de la compañía- un papel para “doncella”, con obligados requisitos de juventud y belleza. Además, cuando esto era posible, también se disponía de sus sosias cómicos, contrapartes de esas parejas sobre las que recaía el componente romántico de las obras. Un público acostumbrado a ese reparto de papeles facilitaba enormemente la escritura de las piezas que, a su vez, se volvían verdaderos encargos de los empresarios teatrales: “Escríbame -podían reclamar desde un teatro al autor correspondiente- una obra para cinco o seis personajes y donde destaque el papel de un actor cómico que vengo de contratar, o para ese actor, ya de retirada, al que le debo todavía un papel que le prometí”. En definitiva, la troupe condiciona el texto.

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El vicio de esto, que pronto también se trasladó al cine, es el famoso “encasillamiento”. Actores y actrices se veían encuadrados en rígidos papeles que terminaban identificándoles con un solo personaje del que difícilmente salían y con el que se llegaban a mimetizar, en algún caso, hasta la locura. Pienso en John Wayne y su ser vaquero crepuscular, o ese pobre Weissmüller que, ya de viejo y en el asilo, aún pronunciaba su grito como si siguiese siendo el Tarzán de la selva. De “El Don Juan” a la “Celestina”, pasando por Benavente, Echegaray y Miura, hasta llegar casi al mismísimo Buero, el esquema subsistió bajo estas formas casi durante dos siglos. 

Lo que ya resulta incomprensible, por su asombroso paralelismo, es la proyección de estos modos de la escena, que yo ya considero periclitados desde los tiempos de Arrabal, a las modernas formas de la política. El Hemiciclo y sus gentes se empeñan, como si fueran una casposa compañía de los años cuarenta, en reiterar papeles y roles incapaces de salir de ese corsé que les acogota. El cómo y el por qué de esta “traslatio generii” entre el viejo teatro y la nueva política será objeto, eso espero, de sesudas tesis doctorales, yo ahora me limito, como si fuera el ecónomo de alguna de esas troupes que recorrían los campos de Castilla, a encajar a cada uno en su asiento contable.

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Indiscutiblemente el galán por antonomasia no es otro que Sánchez. Su porte, su juventud, ya algo ajada, y el rutilante sonido de su voz, le convierten en el “Don Juan” perfecto por algunos años. Si fuera el director, eso sí, le aconsejaría un mayor juego con sus manos, algo más de aire que deje volar sus palabras.

De lo que anda un poco sobrada la compañía es de esos contra-galanes más de una vez encasillados en el papel de “malos”. Pablo Iglesias resulta ideal para el Yago de un buen Otelo, además, su fina lengua, capaz de hacer de un matiz la inmisericorde hoja de una navaja albaceteña, también le dan juego para el papel de un Mefistófeles carpetovetónico. los registros cómicos de su mirada darían ahí mucho juego. Abascal, el otro “malo” de la compañía, tiene, a mi entender, menos recorrido. Nos vale, avejentándole un poco, para un “Comendador”, y a lo sumo, para algún histriónico oficial de los Tercios.

De “doncellas” nos basta Doña Inés. Acredita sobradamente un doble registro y, junto a la dulzura de las Julietas de siempre, ha demostrado ser capaz de aportar esa ironía que reclaman papeles más pícaros.

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Al “cómico jóven” ya le dedicamos toda una entrada. Pablo Casado es el perfecto “Ciutti”. Tiene salero, gracia, desparpajo, como los criadillos y ladronzuelos que salpican el teatro clásico. Su doblez y caradura se hace simpática, lo que le convierte en imprescindible para el reparto. No es malo, tampoco, su segundo que, además, añade registros de suma utilidad en la escena española. Su chulería le convierte en perfecto para el entremés costumbrista y, como sabe, creo, algo de música, le proporciona papeles, incluso, para la zarzuela lírica.

La realidad es que el resto se me caen un poco. ¿Marlaska?, ¿Irene “la Montero”?, ¿Felipe “el Sexto”? No sé. Echenique, es cierto, resulta ideal para alguna obra de ambiente futurista. Su risa utópica merece todo un primer plano, pero, la verdad, es que hay pocos libretos de ese subgénero. Vascos y catalanes terminan teniendo demasiado acento. Quizá ese Rufián tenga algún buen papel homónimo.

Solo me queda una actriz que aún me deja perplejo. Cayetana es su nombre. Ya lejana de la doncella romántica, resulta, sin embargo, demasiado luminosa para una buena Lady Macbeth, cuya inquietante figura reposa más en sus silencios. Sin embargo, la perfecta dicción de los versos y una gestualidad capaz de verse desde la última butaca del gallinero, la convierten en una figura recomendable. Quizá, como en la obra de Pirandello, esté todavía expectante a que algún autor le escriba ese papel que, definitivamente, le venga como anillo al dedo.


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