Merkel o el crepúsculo de la valkiria

La ópera de La Valkiria tiene toda ella un cierto aire crepuscular. Como les ocurre a esas ya viejas películas que quisieron resucitar el western y donde sus protagonistas deambulan por un mundo que ya no les pertenece. La heroína wagneriana, ese es el tono melancólico que recorre toda la obra, sabe desde el principio que su mundo se acaba y que los dioses mueren. Hoy más que nunca veo en esa gigante que ha sido la Canciller Merkel, la Valkiria del siglo XXI.

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Vayamos por partes. La imaginación simbólica se esconde siempre en los recuerdos más entrañables. Hablar de valkirias, al menos para la gente de una edad, remite inevitablemente al gran Wagner y, a eso voy, para todos nosotros, acostumbrados a contemplar esa escena en la grandiosidad de las sopranos del siglo, el mágico personaje de esas semidiosas del olimpo nórdico no deja de remitirnos a ciertos volúmenes. ¡Que dejen de leer los impúdicos!, en la escena a lo Bayreuth, así lo siento, la libido se sublima en el espacio de la música. Estamos ante otro tipo de erotismo.

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Sé que, ahora, el imaginario que recorre la nueva expresión de la mitología escandinava ha cambiado. El poder de la imagen, y sus exigencias, ha terminado imponiendo las nuevas formas, es cierto que bellísimas, de esos elfos y criaturas fantásticas de obras como las de Tolkien y sus epígonos. He leído sus novelas y visionado las películas con una cierta pasión del neófito, pero, a la postre, sigo prefiriendo esa otra sublimación, necesariamente musical, de la ópera alemana por excelencia.

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Por eso, lo digo sin conato de ironía, soy un “fan” indiscutible de la Canciller. Incluso en lo estético. Visto lo visto y escandalizado ante el nuevo tropel de enanos de la escena política, su talla, mejor aún, su voz, se eleva a las alturas como un verdadero crepúsculo de los dioses. Con ella muere -en el público- el genio de esa política que en algún momento tuvo el continente. El Anillo, retornamos a la mitología, acredita ferozmente sus poderes diabólicos. El nuevo tiempo pertenece ya a los Boris Johnson y a los Salvini, es decir, a esos Trols (creo que así los llama Tolkien) antiheroicos, a los que alcanzará el honor de haber destruido lo poco que queda de una civilización que quiso apoyarse en una idea luminosa de cultura. Para más catástrofe, España se ha llenado de sus becarios.

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En tiempos en los que la erótica del poder se ha trasladado a la peluquería y el gimnasio (es ahí donde, me imagino, pasan sus horas nuestros hombres y mujeres de Estado) y que la teoría política, para los nuevos señores de la guerra, se reduce al saber contenido en un twit, resulta difícil entender la potencia evocadora de nuestra protagonista. Su figura, para los nuevos “guapos” de la escena, debe ser absolutamente desquiciante. 

Frente a las larguísimas sesiones en los gabinetes de maquillaje, con algún que otro “retoque” en el quirófano de los botos -solo así puedo entender la eterna juventud de nuestra clase política- la estampa arrolladora de “La Merkel” (dígase como se diría “La Caballé”) arrasa por la humanidad incuestionable de su personaje. Dicho en breve y acudiendo a otra diva, confrontarla al elenco de la política de hoy, sería colocar en el mismo escenario a “La Callas” con algún Bisbal de turno. O sea, un pecado.

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Pero también hablamos de crepúsculo. La literatura mística nórdica tiene ese sabor a decadencia que tan magistralmente destilan sagas como las del Rey Arturo y el mito del Santo Grial. Las densas brumas de esos bosques interminables, parece que compaginan mejor con el ocaso que con el dulce amanecer del Mediterráneo. Pero vayamos con cuidado. Gran parte de esos mitos que identificamos con los dioses germánicos no son más que la deriva, transmitida por viajeros y comerciantes helenizados, de los mitos, costumbres y dioses que habitaron Atenas o Roma. El Mar Negro y ríos como el Volga o el Danubio, conectaban sus factorías comerciales desde el Egeo hasta las orillas del Báltico. 

El martillo poderoso de Odín, cuentan algunos mitólogos, no aparece hasta ya la edad cristiana, intuyendo su cercanía icónica con esa Cruz con la que expresaban su poder esos comerciantes-misioneros que fueron trasladando los nuevos misterios. Las mismas runas, en las que descubrimos un rudimentario alfabeto, derivan inequívocamente de esa simplificación del griego que ya ensayara también San Cirilo para los pueblos eslavos. La mezcla de acontecimientos reales, esa derrota de Varo por ejemplo, y la heroización de sus protagonistas, en este caso ese Arminio al que el nacionalismo alemán convertirá en su legendario Viriato, demuestran que, no pocas veces, eso que llamamos mitos y que pensamos se esconde en los orígenes mismos de los pueblos, más de una vez, decimos, procede de espacios y tiempos no tan lejanos.

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Hoy vivimos en épocas de nostalgia. Ensoñamos tiempos pasados a los que, con escaso cuidado, identificamos con las raíces mismas de nuestro ser como naciones. Tiempos de crisis en los que, perdida la seguridad que intuíamos en nuestros padres y abuelos, nos llevan a reclamar murallas contra enemigos la mayor parte del tiempo imaginados. Ya ocurrió en otros momentos de la historia. Ese mismo Wagner recurrente en este artículo creó, casi ex nihilo, toda esta saga de dioses y héroes sobre la que todavía vive el imaginario germánico, y lo hizo aportando a esa Alemania perdida en el laberinto del fin de siglo, las seguridades de un mito que afloró violentamente tras la Gran guerra.

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Angela Merkel, la hija del Pastor -como esa otra hija de Wotan- contempla así el ocaso de la ya vieja “Nueva Alemania” recreada, en esa segunda mitad del siglo XX, como motor de Europa. En ella aún se da esa identidad con un mundo clásico que, pese a su entronque germánico, sigue siendo -como hemos dicho fueron muchos de su mitos- expresión de ese delicado sustrato euromediterráneo donde nació el concepto de democracia.

Con Adenauer, Brandt, incluso con los Schmidt, Kohl y Schroeder hubo el sueño, quizá en exceso ingenuo, de pensar que, tras la guerra, fundido su destino con una Francia que se ensoñaba ilustrada, la labor civilizadora de Europa cuajaría a oriente y occidente. Vano empeño. El paso atronador de los nuevos dioses, brutales e imbéciles en un mismo grado, anuncia ya, tras el crepúsculo, el alba heladora de los nuevos tiempos.


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