El teatro clásico necesitaba las máscaras. Anfiteatros que acogían a más de diez mil espectadores no permitían la lectura del rostro. Los personajes eran, así, de cartón piedra. El público identificaba con facilidad a sus protagonistas. Si llevaba corona era un rey, si portaba rayos en su mano, no era otro que Zeus. Sus vestidos y esos claros signos que proyectaban sus rostros ficticios, señalaban sin error quién era quién en cada escena.

Personajes sin matices. Dioses u hombres, reyes o villanos, héroes o cobardes, demócratas o tiranos, todos representaban un papel. No había necesidad de matices, allí se confrontaban caracteres perfectamente conocidos; el genio, la novedad, no estaba en las historias y la trama, sino en la consistencia de los valores. Era un drama que excedía lo humano, el juego se articulaba en el mundo de los símbolos.Como ya hemos dicho, teatro y vida se contraponían. El gris del día a día, imposible de apreciar en las distancias que separaban las gradas del proscenio, imponía sus propias reglas.

El teatro barroco mantuvo también esas distancias. Y, ¡qué decir de la Ópera!, donde el papel de los intérpretes condiciona, incluso, el timbre de sus voces. Decía un famoso periodista del ABC que la ópera no era más que ese juego en el que el tenor quiere acostarse con la soprano mientras el barítono intenta impedírselo. Cada voz, un papel. Vestuario y maquillaje hacían el resto.

El cine, en un principio, tampoco cambió las reglas. Es cierto que, de entrada, el modelo parece muy distinto. Por primera vez el espectador puede acercarse tanto a los actores que parece penetrar, incluso, en la intimidad de sus cuerpos. Besos y miradas llenan la pantalla, pero el juego sigue siendo el mismo. Hablo del cine mudo y de los primeros años del sonoro donde una nueva hipertrofia de los gestos parecía orientar la interpretación a su extremo opuesto. Craso error. El exceso de muecas nos devuelve inevitablemente a la artificialidad de las máscaras. Como en una simetría, el cine en sus primeros años se instala en los dominios del teatro clásico.

Tendremos que esperar al genial Stanislavski y su escuela del arte escénico soviético. De ahí nacerá luego “Actor Studio” y su elenco de grandes actores y actrices que sazonarán de “rojerío” los estudios de Hollywood (El Comité de Actividades Antiamericanas les hará pagar caro estos escarceos). Con ellos, aparece un nuevo tipo de actor, lo que pudiéramos denominar un actor de la calle. Frente a esa máscara andante y cuasi divina (la edad de los divos), el nuevo actor incorpora la plena humanidad del personaje. Frente al personaje heroico y construido en la artificialidad del discurso, aparece un personaje fusionado a la carne de la vida. El método consiste en eso, gestos mínimos, fuera de toda prosopopeya, un mero estar sin pretensiones frente a la pantalla. La grandilocuencia de las viejas interpretaciones pasa a la comedia del ridículo.

No solo hablo de Eisenstein y su proverbial “El acorazado Potenkin” donde el protagonismo de la marinería alcanza su cenit justamente en esa ocultación de sus identidades, en esa escena escalofriante donde la oficialidad zarista les cubre con una lona para facilitar su fusilamiento. La nueva semántica cinematográfica, pienso en Passolini, dota a ese rostro vulgar y corriente de toda la potencia del verdadero heroísmo. Gesto minimalista, como ese al que nos acostumbró Marlon Brando desde su magistral “Un tranvía llamado deseo”.

Frente al viejo aristocratismo de la escena, es decir, frente a esa distancia abismal entre Público y actores, el método propone la fusión democrática entre ambos. Es decir, la creación de una escena en la que, sin otra ambición que la normalidad, quepa en su totalidad el mundo entero. Es decir, retorno a una vida compuesta al margen de las exigencias simbólicas del protocolo monárquico.

La vi hace ya algún tiempo. Tenía ganas de comentar esa simpática foto de dos parejas en las que la vida se funde con la escena. Y lo hace lejos de esa parafernalia y oropel de esos que, por imperativo constitucional, no son más que símbolos. Puras máscaras.

«Mañana recibiré de forma oficial a la primera ministra de Serbia, pero esta noche Gauthier Destenay y yo estamos felices de recibir a nuestras amigas Ana Brnabic y Milica y visitar la ciudad de Luxemburgo todos juntos», escribía Xavier Bettel, primer ministro de Luxemburgo. La foto emana frescura y vida. Personalmente, quedé prendado de esa imagen. Cuatro jóvenes, es cierto que políticos y, por ello, debidos a las exigencias poderosas de la imagen, compartían sin embargo el regocijo de ser jóvenes, gozando de la sinceridad de sus sentimientos. Pura democracia.


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