En mis clases de teoría política explico esta tragedia de Esquilo como la primera gran representación teatral del hecho democrático. Esquilo focaliza toda la atención de la escena en ese rey Pelasgos -hoy sería un presidente republicano- cogido entre dos fuegos, por un lado, las exigencias de un orden proclamado por los dioses, en el otro, la voluntad del pueblo.

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Es cierto que el difícil equilibrio entre ley y derecho, es decir, entre los ideales de justicia y la autoridad política queda, quizá, mejor representados en Antígona, tragedia que la Modernidad contempló como la expresión de los límites ontológicos del derecho -Anouilh, en cambio, resolverá esa aporía en la proclamación de un yo absoluto, ahí Antígona, desde su mera y débil humanidad, se proyecta como algo más fuerte que el derecho-.

Pero la realidad es que, fuera de estos escarceos psicoanalíticos, el ciclo tebano -Antígona y sus hermanos- nos habla, y sin tapujos, del poder y sus miserias. De un poder que avanza, y a pasos agigantados, hacia su consolidación despótica. Esquilo, en la ilusión entusiasta de la década de Pericles, ensueña, todavía, la posibilidad de democracia. Quizá por eso, su mirada, más tierna por más inocente, nos parece enormemente distante del pesimismo que heredamos del siglo XX.

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Desde el punto de vista de la teoría democrática, el momento culminante de la obra está en ese rudo encuentro con la realidad, que, en el parlamento del rey, pone en un brete a las tristes suplicantes. La escena es sumamente dura. Un puñado de refugiadas (luego iremos a ello) se postran ante el soberano de Argos y le piden la protección del asilo. Sabiamente se han instalado a las puertas del templo a Zeus, dios protector de los extranjeros. En el horizonte ya se atisban las velas de los egipcios que las persiguen. El rey se enfrenta a un dilema político-moral.

La ley obliga a proteger a los suplicantes, pero protegerlos entraña la guerra y es difícil que alguien la quiera. El rey habla y define, como si se saltase veinticinco siglos, el moderno conflicto de la extranjería: “Yo no puedo garantizar promesa alguna antes de haber consultado este asunto con toda la ciudad… estoy lleno de dudas, y el corazón, de miedo, me atenaza… no me elijas como juez, nada se debe hacer de espaldas al pueblo, no sea que, si por ventura algo saliera mal, la muchedumbre me diga luego que no vayan a decir que por salvar a unas extranjeras he perdido la ciudad».

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En mis años de jurista del ACNUR siempre he señalado esta escena pues ahí se delatan los límites del humanismo jurídico. Pese a todas las proclamas de universalismo, el derecho, máxime en su definición democrática, topa, como Quijote le dice a Sancho, con el muro infranqueable que define la propia comunidad política. El otro, el extranjero, en la construcción cultural que hemos hecho de occidente, entraña siempre un riesgo.

No es solo que todo el vocabulario de nuestras lenguas se empeña en ese rechazo, extranjero, forastero, bárbaro, son todos términos cargados de negatividad en su propia construcción etimológica, también, como vemos, ese rechazo surge de la racionalidad del cálculo político. Pelasgos se debe, como buen demócrata, al interés de los suyos. Quizá volvamos sobre ello algún que otro día, ahora, sin embargo, me interesan otros detalles de la obra, es ahí donde se aprecia la genialidad de Esquilo, la profundad de la pasión que le recorre, la enormidad de su teatro, capaz de conmovernos hasta el tuétano.

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La obra se me antoja idéntica a la que nos vomitan a diario los medios que aún se interesan por el tema. Un cayuco, una patera, es decir, un pobre bote repleto, además, de mujeres. Desesperadas, tras un viaje angustioso huyendo (¡Qué modernidad tan antigua!) de unos maridos que desean matarlas. La palabra maltrato a duras penas es capaz de reproducir la angustia de una escena que se reitera día a día. Huyen porque les va la vida. Afrontan con ello las tempestades del mar y la violencia del destierro.

Llegan a ese paraíso que llamamos democracia. Es Atenas (aunque en la obra la llamen Argos). Ahí rigen, eso dicen sus cartas constitucionales y con ello se llenan la boca sus políticos, las leyes internacionales del asilo o, directamente, la hospitalidad que reclama el sentirse miembros de un mismo género humano. Allí, incluso, hay un dios garante de ese orden sagrado. Aquellas mujeres, en medio del temporal, se refugian en la estoa del templo. Imaginémoslas empapadas sus ropas y ateridas de frío. La fiebre cabalga por sus frentes y la angustia, de hora en hora, se hace más insoportable.

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Al otro lado, en la plaza de la ciudad, las noticias corren. La gente se arremolina en corros que se mueven buscando el consuelo del roce con otros. Todos se preguntan sobre qué hacer. El miedo también petrifica las conciencias. Otorgar el asilo es un acto sagrado y negarlo enfrenta a los dioses, pero el peligro de guerra, o el propio miedo a gentes que son diferentes, paraliza las mejores conciencias.

Me quedo aquí, con ese impasse que debió atenazar también al mundo griego. El que para ejemplificar semejante dilema elija un cayuco lleno de mujeres acredita ya una sensibilidad extraña a todas las épocas. Por esos mismos años Aristófanes se reía y provocaba la carcajada de toda Atenas con su Asamblea de Mujeres. Esquilo, en cambio, destila sensibilidad y tristeza.

No renuncio al spoiler. Ni por un momento puede quedar la duda. Aquella democracia, en el corazón del poeta, se puso del lado de los débiles. ¡Que gigantesca lección para una época tan cobarde como la nuestra!


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