Las tanatocracias

Un golpe de ataúd en tierra es algo completamente serio”. Acierta Manuel Machado en esa pequeña elegía al amigo muerto. La cultura occidental, esa en la que vivimos, ha construido el eje entre lo trágico y lo cómico partiendo del hecho básico de la muerte. El ceremonial fúnebre, desde la solemnidad del soldado caído, hasta la parafernalia de entierros, cremaciones y réquiems, constituye el polo absoluto de lo auténtico. Al otro lado queda lo cómico, es decir, lo falso (la farsa), el divertimento, en definitiva, el punto opuesto de esa solemnidad que acapara la presencia de un cadáver.

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El ideal del héroe se ha construido, desde siempre, sobre ese cuerpo tendido ya sin vida, como si eso, la vida, contradijera de alguna manera los fundamentos que sostienen el mundo. Paradoja plena, nuestra cultura ha terminado haciendo de esa ausencia de vida, la fuerza motriz que sostiene nuestra existencia. En el sueño del poder, el espacio funerario se apodera del espacio de la vida. Desde los egipcios hasta los románticos, las formas fúnebres saturan la esfera pública. La seriedad de la muerte, nos encandila.

Es a esto a lo que, Balandier, llama “tanatocracia”, es decir, el poder de la muerte. Pareciera como si el orden social, incapaz de llenarse de vida, prefiriera acunarse en esa simbología que hace del ser vivo un siervo del ya difunto. El poder ama la muerte, sobre el imaginario que despierta la presencia del cadáver se han levantado las bases de todos los imperios.

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La visualización de la muerte ha sido usada como arma ideológica desde los orígenes de la historia. Tanto la teatralización del acto occisivo como la parafernalia del tratamiento del cadáver, constituyen la más perfecta puesta en escena de la representación del poder. Los griegos proponían la “muerte bella” como culminación del acto heroico, confirmada por el impacto visual de ese tránsito del cadáver, tumbado sobre su escudo, llevado a hombros por sus compañeros de combate. También sucede en el otro extremo, esas ejecuciones, siempre contempladas como espectáculo, y donde los gritos de dolor conviven, en extraña simbiosis, con los gestos de honor y orgullo de los condenados.

Del descuartizamiento de Damiens, acusado de atentar contra la vida de Luis XV, hasta esos recuerdos convertidos en refrán (“Más orgullo que Rodrigo en la horca”) y que tan solemnemente debieron impresionar a un público que abarrotaría la plaza el día de su ejecución. Y de los funerales, no digamos. Shakespeare saca toda la potencia discursiva de su “Julio Cesar” en esa escena con “el cuerpo presente”. Batalla dialéctica que enfrenta la legalidad institucional de un Bruto con el ambicioso frenesí de un Marco Antonio. La visión teatralizada de los restos mortales del dictador, volcaron la balanza.

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Convertido en un icono, no hay mejor bandera que un cadáver. El revulsivo que supone una muerte por traición, no lo alcanza ningún otro incidente. Viriato, Sartorius, quizá el mismo Alejandro, saturan nuestro imaginario. Desde su raquitismo teológico, Dostoievski reprocha a los muertos el cierre que imponen sobre la esperanza “El dolor de los muertos enturbia, como el estiércol, la armonía del futuro” dice uno de sus personajes de “Los hermanos Karamazov”, pero es al contrario. Sobre esos restos que deja la vida se levantan los cimientos del poder de los estados.

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¡Qué error combatir a la muerte con la muerte! Los propagandistas de ISIS nos han ganado ahí la batalla. Su califato fantástico no se alza sobre las tierras y valles de ese “Creciente fértil” que hizo soñar a tantos imperios, su reino también es de otro mundo, construido, ¡también!, sobre el brillo del asesinato. América dice que lo ha matado, hablo de al-Baghdadi y de nuevo la propaganda se despliega para teatralizar el evento. Ya lo hizo Obama con Bin Ladem. Se olvidan que es ese espectáculo el que llena las salas -¡y sus filas!- ¡Qué inmenso regalo les hace Trump de nuevo! “La muerte de Wallenstein” de Schiller- comparar esta obra con la puesta en escena de la CNN- fue la mejor campaña de la revolución en su momento. Hizo tambalear la corona austriaca. De su texto saldrán, que yo recuerde, no menos de tres óperas.

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No. A la muerte se la combate con la vida. A la tragedia que enarbola el frenesí de los funerales, se la vence con la comedia repleta de humor y simpatía. Las terroríficas tragedias que competían en la antigua Atenas, se cerraban siempre con una pieza cómica. El terror ha de tener sus límites si no queremos sucumbir ante lo triste. Este es el mayor arcano del estado, todo su poder, que no es más que muerte, se descompone ante un chiste. De ahí el miedo de los poderosos a la broma. Así se conjuraba, incluso, el dolor en los funerales antaño, los chistes sobre el difunto abrían, de nuevo, el paso a la vida. El acto cómico nos defiende de la tiranía de lo serio.

Exigía la tradición ateniense que el soldado solo podía regresar del combate, o portando el escudo, o sobre el mismo. Arquiloco, poeta y soldado, se atrevió a proponer una alternativa: mandar a hacer puñetas ese escudo y salir corriendo. La comicidad de la propuesta disolvía la tiranía de lo heroico.

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Aquí, de pronto, entre voxes, peperos y otros facheríos, los Franco han querido reconstruir su mundo. Caídos, funerales, ataúdes de tristeza y miedo, como en la peor de las pesadillas, han saturado pantallas y recuerdos. En esa estúpida parafernalia fúnebre cayó hasta el gobierno. Por fortuna, la inteligencia popular lo ha resuelto. Algún gracioso nos propuso contemplar ese sarcófago itinerante como un gigantesco “tigretón” de chocolate, sacado a hombros por una cuadrilla de subalternos. ¡Qué acierto! Lo miro una y otra vez y se me reitera la imagen. Imposible salir ya del ciclo cómico. Como cuando estalla la carcajada, te ríes aunque no quieras.

De pronto, la pesada losa del Valle se volvió hojarasca y con una risa alegre, como sucede con el viento de otoño, se alejaron los malos augurios.


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