Oigo perplejo a mis colegas profesionales del derecho constitucional. Incluso firman editoriales en eso que llaman la “prensa seria”, asustándonos ante lo que, ellos mismos, llaman la crisis de la monarquía española actual. Ya veis por donde voy. Hablo del tema ese de esos millones de euros que esconden, entre paraísos fiscales y sociedad offshore, padre e hijo de la Corona de España. Incluso un exministro, fíjate que casualidad quien, amenaza con grandes males -peores que los del coronavirus, dice- si se tocan los intereses de los reyes. Ni el soldado Ryan, de esa película americana, tuvo tantos valedores ni candidatos a salvarle.

No voy a entrar en la vulgaridad de eso del rio, que cuando suena es que agua lleva. Por el contrario. Vengo aquí a echar una mano a los monárquicos. Ya tendremos tiempo de analizar si es que esa institución sirve realmente para algo. Que coste. Soy de los que si creen que sirve. Eso sí, dudo que esos que reciben su servicio tengan algo que ver con el pueblo. Sirve, quede claro. Si no sirviera, ni esa prensa seria, ni los grandes bancos, ni los fondos buitres la defenderían con tanto empeño.

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Si alguno me viene siguiendo en esta columna, adivinará que la solución que propongo pasa justamente por el teatro. La idea de la monarquía, tal como la hemos conocido a lo largo de los últimos siglos, es una institución relativamente moderna. Lo que contemplamos en la profunda Edad Media, lo que vemos en la historia de los romanos es otra cosa, por más que también se titularan como reyes y emperadores. La monarquía de los Francisco I, Felipe II, Luis XIV, pero también de los actuales Isabel II, Alberto de Bélgica o ese que tenemos aquí, Felipe VI, nace conjuntamente con la idea de Estado. Y el Estado es una cosa moderna, fruto de esa Modernidad que, como el Renacimiento, se abre con los últimos siglos del medievo.

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La monarquía surge en la urgencia de personalizar el poder. Un poder que, cerrando la esfera pública, se impone sobre el paisaje social donde viven las gentes del pueblo. Quizá sea Hobbes, el autor del Leviatán, el que mejor retrató ese proceso. El Estado -así lo dibujó en la portada de su famoso libro- es ese ser gigantesco, compuesto por miles de diminutos seres, los funcionarios, y coronado por la sola cabeza del rey que lo contempla todo con su rostro hierático. El estado aparece, así, como persona. Pero, permítanme recordarles que es lo que significa el concepto de persona. Procedente de la vieja palabra griega de “prosopos”, significa “máscara”. La persona es esa máscara que usaban los actores del teatro para representar su “personaje”.

Entre actor y personaje no hay ni debe haber unidad alguna. El actor es ese ser de carne y hueso, como nosotros, con nuestras miserias y debilidades, con nuestros problemas y con las propias responsabilidades de la vida. Lo otro, la máscara, el personaje, es otra cosa, el símbolo perfecto de ese algo que representa.

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Kantorowicz, en una espléndida obra –“Los dos cuerpos del rey”- nos explica como los juristas medievales, monárquicos de pies a cabeza, desarrollaron esa doctrina. Un planteamiento que bien podría servir para salvar la crisis que atenaza a la monarquía de estos lares.

Cada rey tiene, nos dice, dos cuerpos, como los tienen los personajes del teatro que se mueven en la escena. Uno es el soberano, expresión de esa soberanía y que, por ello, por pura definición, resulta divino. Un ser -un cuerpo- invulnerable al desaliento, al dolor, también al pecado y al crimen. Ese rey, por definición, ni es corrupto ni se corrompe ni muere. Es la idea misma del Estado. Junto a él, detrás de la máscara, sin embargo, habita ese otro cuerpo, el del actor. Un ser como cualquier otro, sometido a la debilidad de la vida, a la vejez, al cansancio, a la corrupción y a la muerte.

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Aquellos juristas lo tenían bien claro. De nada le servía al actor esconderse tras los rasgos sublimes de la máscara. Generación tras generación lo fueron viendo. San Francisco de Borja, acompañando la larga agonía de serenísimo Felipe II, también se percató de esa decadencia de la carne. Los escultores borgoñones de la Baja Edad Media acoplaron esta doctrina a las bellísimas esculturas sepulcrales. Estos monumentos funerarios representan, en dos niveles, el cuerpo yacente del rey sepulto. En un caso, la dignidad real se aprecia, incluso, por la juventud eterna que emana de sus rostros, es un símbolo, como dice todavía el texto español de 1978. El otro, en cambio, esculpido justamente debajo, representa, con esa minuciosidad que solo alcanzaron los escultores del XIV, la podredumbre y vejez del cuerpo muerto.

También han pillado con las manos en la masa a Inmanol Arias el actor protagonista de la serie “Cuéntame”. ¿Alguien piensa que la dignidad de su personaje, ese incorruptible Antonio al que representa semana a semana, quedará tocada por sus posibles pecados y delitos? En absoluto. Y si va a la cárcel, otro actor le sustituirá en la escena.

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Dicho en breve, hay dos Felipes. Uno es Felipe VI, ese rey al que se refiere el Titulo II de la Constitución, otro es Felipe Borbón, ese joven con su propia vida e intereses. El primero es, según dice ese mismo texto, inviolable. No se le puede juzgar y menos castigar, pues su cuerpo es perfecto. Por pura definición, ni envejece, ni peca, menos aún delinque o se corrompe. Es un mero símbolo. El otro, en cambio, no es más que un cuerpo humano, sometido por ello mismo a todas las leyes, naturales, humanas y divinas, que someten al resto de nuestros cuerpos. Si llueve se moja, si le pinchan sangra, si se resfría enferma, con el tiempo se hará viejo y, si delinque, se le mete en la cárcel. Y santas pascuas.


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