"El gran teatro del mundo"

Y Madrid era una fiesta. Fiesta, teatro, guerra ¿Hay alguna diferencia? La canción popular lo deja bien claro: “Anda jaleo, jaleo, ya se acabó el alboroto y ahora empieza el tiroteo. Y ahora empieza el tiroteo”. En sendos casos, victoria y derrota dependen de ese gesto que refleja el interés del espectador. Y ayer, en esa inmensa multitud que clamaba por la igualdad con voz femenina, todos rebosábamos de entusiasmo.

Rousseau no lo duda. La fiesta -y aquello exhalaba festividad por todos sus poros- sobrepasa con creces el ideal de la política. Desde sus juveniles recuerdos en las fiestas de Saint Gérvas, hasta su propuesta al final de la vendimia (pienso en la Nouvelle Eloise), la fiesta callejera entraña un verdadero baño de democracia. Frente al oscurantismo patriarcal de una política de gabinete -perfecto secretismo-, la fiesta impone esa transparencia que abre los corazones en la gratificante sensación de una comunidad empoderada.

También, no nos quepa duda, estamos ante teatro en sentido estricto. Como es sabido, la etimología de la palabra nos remite al acto de ver. Lugar para ver, pudiera ser la traducción más acertada de su raíz griega (zeatrom). Ahora bien, frente a la asimetría que entraña la separación entre escena y público y que proyecta la imagen del actor frente a la pasividad de un gentío amontonado en “la corrala”, la fiesta recupera la igualdad de esa mirada. Ver ese gentío rebosante de alegría me permite, como a Narciso, verme a mí mismo como ciudadano en una ensoñada sociedad democrática. Frente al imperio de un mirar ordenado según jerarquías -pura falocracia-, reaparece el juego de miradas cruzadas, donde la política (es decir, la igualdad) se mezcla con las mecánicas del deseo, la alegría y la belleza. ¿Por qué negarlo? La manifestación de ayer rebosaba erotismo, como también sucede en ese otro derroche de lucha que supone el “orgullo gay”, o en los mejores estallidos revolucionarios. No me imagino la toma de la Bastilla sin ese clímax de pasión y de deseo. La iconografía de la época lo refleja, saturadas sus imágenes de componente erótico. Es decir, política hecha vida. Biopolítica stricto senso.

No se equivocaban algunos de los carteles que vi a mi paso. “Frente a los de Colón, aquí somos legión”. El acento belicoso que entraña el tropo nos reenvía necesariamente al espacio de lucha. No solo por la referencia a ese otro acto, simbólicamente opuesto, que protagonizaron las derechas hispanas hace a penas, un mes, también, y sobre todo, por la elección del símil y su contenido militante. A mí me sonaba al himno de “La internacional” también repleto de activismo transformador. Lo que ya delata el espacio ideológico en el que ha de moverse el verdadero feminismo.

No hay democracia sin igualdad, y esto entraña, como decimos, la apología de la fiesta. Más de un acontecimiento revolucionario encuentra en esos momentos repletos de alegría, el detonante imparable que lo pone en marcha. Francia, quizá el país que mejor ha comprendido, a lo largo de su historia, el componente teatral de la política, recurre continuamente a esa imagen de la manifestación festiva como instrumento básico de la acción ciudadana. Macron no ha dudado en definir su grupo con una expresión, no solo cargada de movimiento, sino también de violencia festiva: “En marche!”, remisión directa a la misma Marsellesa, es decir, revolución en estado puro.

Que quede claro. El feminismo no es la proyección simétrica del machismo, como la mujer no es, en absoluto, el opuesto sexual del hombre. Es sobre ese juego de asimetrías donde se instala el poder violento del padre místico. Monoteísmo, imperio de la ley, control del sexo, estas, entre otras, son las bases que sustentan el patriarcado. Por eso el grito de liberación feminista necesariamente debe pasar por esa ruptura de la ley que comprime la vida. La liberación sexual de los “70”, la renuncia a esa clasificación agobiante de los sexos, la ruptura de un modo de poder de orden falocrático, he aquí las claves del feminismo. El concepto jerarquía entraña una doble raíz que nos remite tanto a la ley antigua como al poder divino (hieros), la dialéctica de opuestos ha de contraponer, por lo tanto, esa autoridad establecida con el feminismo.

¡Cuidado! El camino está lleno de trampas y el triunfo nunca es definitivo. El indudable carácter feminista de fiestas como las Tesmoforias, en la antigüedad clásica, fue violentamente aplastado por un cristianismo saturado del ideal platónico (ya Aristófanes se mofa de esa pretensión igualitaria). También son legión los levitas de todos los tiempos empeñados en imponer su Ley Suprema. Dios, Patria, Ley, incluso Constitución, rebosan de ese principio patriarcal que se esconde detrás de cada esquina. La caza de brujas, a lo largo de los siglos XVI y XVII fue un verdadero feminicidio (la feminización de la víctima-enemigo lo deja bien claro). El estado, fruto también de esta guerra de sexos, resulta un “pelín” inadecuado para una democracia verdaderamente consciente de esa biología igualitaria. Pero mientras, ayer mismo, Madrid era una fiesta.


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