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Martes de carnaval

Todos tenemos etapas en la vida en las que nos sentimos permanentemente mal con nosotros mismos. Lo importante es no olvidar que, por muy eternas que se nos hagan, no es el final. Te quiero mucho.

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Entre el jaleo, el sudor, el frío y el clamor no he sabido cuanto vacío me había generado el martes de carnaval hasta hoy. Una fecha en la que no quería ser nadie, en la que sin quererlo, fui la sal y el limón de un chupito de tequila sin alcohol. Absorbí todo el resquemor de quién finge no importarle si es bello o no, de quién llora si no hay nadie que pueda alimentarse de su dolor, de quién donde antes disfrutó ahora solo siente una gran presión. Mienten si dicen que es por diversión, al menos no soy yo quien la encuentra enfundándose en una enfermera hot. No lo hago ahora ni menos entonces cuando tapaba los espejos intentando con ello olvidar mi nombre.

Fue esa época en la que el baile era magreo y el roce afecto, en la que cualquier disidente de aquello era alguien merecedor de ser en la lista un cero. Porque no encajaba en ese puzzle de conversaciones desechables y hormonas desatadas. Mi llanto era lo húmedo de mis sueños y solo era feliz cuando en ellos saltaba. Una y otra vez lo hacía hasta que despertaba y de nuevo el tormento comenzaba. No conviví con los recuerdos en los que de niña me disfrazaba para ser algo que en el día a día anhelaba porque la inocencia de quién no duda de si es guapa dentro de mí ya no estaba.

Odié los martes de carnaval, ya que durante mucho tiempo no logré no querer un disfraz con el que volver a sentirme especial. Lo odié por no encontrarlo, por no existir, por no crearlo. Lloré por el miedo que me hastiaba hasta no ansiar nada, por su robo de todo con lo que de pequeña soñaba, por hacerme creer que no podía esperar nada cuando el mundo en realidad no era quién me odiaba.


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