Sigo atrapado por el tema “madre”. Como diría el pobre Sadam Hussein, “la madre de todos los temas”, el famoso coronavirus. Escribo esto -he ahí el pretendido tono irónico con el que quisiera espantar los fantasmas que me cercan- consciente de estar ya atrapado por esta pesadilla que nos envuelve. Por fin se ha instalado el miedo.

Y no me refiero a ese subgénero que creó la industria cinematográfica. Hablo de otra cosa. Es cierto que, con el cine, el miedo alcanzó algunas cumbres en el género. Ese pavor que nos atenaza y que, en la soledad artificial del patio de butacas, sometidos a esa oscuridad de la sala y la direccionalidad de las miradas, nos mantiene paralizados incapaces, siquiera, de cerrar los ojos ante esa escena que nos hiela la sangre. 

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Es cierto que la facilona visualización de las imágenes, la carencia de control sobre ese trascurrir mecánico de las escenas -no es como un libro, que uno puede cerrar en cualquier momento-, y esa oscuridad de la sala que nos traslada a la intimidad de nosotros mismos, hacen del cine un instrumento enormemente eficaz para recrear la sensación del miedo. Sin embargo, ese miedo tiene algo de artificial, resulta irónico, externo a esas profundidades del alma donde gravitan los sentimientos más profundos.

A mi entender, el auténtico miedo, el más terrible, no se alcanza ahí, en esa sucesión de sustos en el que cae el género en el modo cinematográfico, pese a todo, es el instrumental de la narración el que mejor sabe construir su auténtica sustancia. Todos hemos leído novelas o, incluso, más aún, cuentos, donde esa extraña electricidad nos penetra hasta los huesos.

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Como decimos, el género de miedo, en el cine, abusa de la mecánica del susto. Y el susto es otra cosa. El susto es la irrupción de algo extraño cuya naturaleza nos resulta insoportable, un fenómeno sobrevenido que se precipita sobre los sentidos del cuerpo. Sobrevenido, pero no necesariamente inesperado. Normalmente esas escenas de miedo quedan sobradamente anunciadas tanto por la banda sonora como por los gestos de los protagonistas que nos anuncian esa catástrofe que se avecina. 

El abrupto encuentro con ese factor extraño es el que nos encoge el estómago atenazando nuestras tripas hasta el vómito. El susto tiene mucho de biológico, casi podríamos decir, de físico. Por el contrario, el miedo es un sentimiento mucho más espiritual, estamos ante algo que viene a quebrar el alma. Si la mecánica del susto radica en la fisiología de los sentidos, el miedo se construye y despliega en nuestro cerebro, por no decir en nuestra alma.

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El cine tiene una estructura social, cosa que no se le escapa a su industria. Como hemos dicho, esa soledad de la sala es solo artificial y ficticia. La realidad, como bien conoce Hollywood, es que a la sala siempre acudimos acompañados, en especial los jóvenes que hacen de este su género predilecto. El escalofrío de esas escenas de terror fusiona, como si se tratara de una descarga eléctrica, la individualidad de sus cuerpos provocando efectos fisiológicos en absoluto carentes de erotismo. 

La epidermis se aprieta contra la epidermis vecina, arrancando a la pandilla de jóvenes que ven juntos la “peli”, esos grititos y sensaciones en tantas cosas parecidos a los resortes del sexo. El miedo en el cine, así lo contempla su industria, tiene algo de pornográfico. El verdadero miedo, ese que nos arranca de nuestra identidad humana para trasladarnos a otros aposentos del alma, alcanza una sustancia distinta.

Tampoco me sirve la novela gótica. Y aquí pienso en títulos como “El monje” o “los misterios de Paris”, o ese “Frankenstein” de María Shelley, que tanto influyó en el lenguaje fílmico. Textos, no me cabe duda, que debieron helar la sangre de millones de lectores, pero que siguen gravitando sobre la presencia de lo extraño. Hasta Maupassant y Poe el miedo no alcanzó a tocar esas fibras que nos definen como humanos.

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Los griegos reservaron la personalización de esa sensación sobrecogedora a dos extrañas divinidades. No digo que el resto, su mera presencia, no empujara los nervios de sus creyentes a esa flor en piel que eriza los cabellos. La manifestación de lo santo, nos lo recuerda Otto, sobrecoge como un misterio, pero la nominación de ese pavor desquiciante quedaba reservada a dos dioses, Pan y Gorgona. 

Hoy, la carga dulzona de la novela bucólica nos impide concebir la función terrorífica de una divinidad tan campestre, pero no debemos olvidar que sobre el nombre de este dios se construye expresamente el calificativo que hace del miedo algo insoportable, el pánico. El miedo pánico. La encantadora novelita “Dafnis y Cloe” tiene una escena que nos da constancia de ese miedo. De Gorgona basta decir que su sola mirada petrificaba. O sea, la sangre se volvía hielo.

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En nuestra época, ese tipo de miedo que trasciende el espacio de la plástica, no se alcanzará hasta mucho más tarde. Para apreciar su expresión sincera tendremos que esperar casi al siglo XX, ahí será cuando la novela -y más de una vez, como decimos, el cuento- alcance a construir esa arquitectura del auténtico pánico. Pienso en Chevalier, por ejemplo, y su novela homónima, donde el terror de la guerra (¡La Gran Guerra!) se mastica en medio de la vida y su transcurrir cotidiano. En sus más de cuatrocientas páginas jamás se oye, siquiera, el estallido de una bomba. Y, sin embargo, el miedo está ahí, basta sentir su presencia para que un escalofrío nos recorra como un rayo.


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