Miseria del teatro

Decía Marx que la Historia siempre se repite. Ahora bien, si en un primer momento se presenta como tragedia, luego lo hace como comedia. Se refería a esos dos golpes de estado que finiquitan respetivas revoluciones. El 18 Brumario que encumbra al Gran Napoleón, el Primero, y el que, tras la revolución de 1848, eleva al poder a su sobrino, Napoleón el Chico. Y es que, como nos recuerdan los críticos “nunca segundas partes fueron buenas”. ¡Y que decir de esas ristras (así, como en los chorizos) de secuelas a las que nos acostumbra el cine de barrio serie “B” (o “J”, ¡que ya no sé por dónde vamos!)! Hasta los decorados aparecen descoloridos y agrietados de tanto uso para mil escenas. Pues sí, afrontamos, lo dice la cartelera, “Elecciones, enésima parte”.

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Ya conocemos a los actores. El de la capa negra es Drácula, con sus dientes postizos; el otro, el alto, es el monstruo de Frankenstein, con su tornillo en el cuello; el brutote es “el hombre lobo” al que casi se le cae la peluca; la chica de negro la Mooon…ster, aunque bien pudiera estar saliendo de un convento. El protagonista bueno también es el mismo de siempre- ¡tan mono! – Ni siquiera cambia la estrella invitada, esa joven delicada que padecerá los sustos en el castillo encantado.

Nos sabemos, prácticamente, todo el guion: las falsas puertas (¡horror!, también giratorias), las habitaciones escondidas, los suelos movedizos. ¿Para cuándo el estreno?, ya lo sabemos, para el 10 de noviembre. Al recuento de votos, esta vez no se queda ni el Ferreras.

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Urdangarin sale de prisión y trabaja de voluntario en la ONG “Don Orione”. Suena a chiste. Dígalo usted muy rápido en un grupo desprevenido y verá el efecto. El oxímoron salta por todas las costuras. Dejo de lado lo de “Don Orione” cuyas resonancias cinematográficas ya nos aprietan la risa, me quedo con el resto de sinsentidos. Basta contraponer el sujeto y el verbo de la oración para no poder contener la carcajada.

 ¿No hubiera sido más fácil que lo enviaran a hacer pesas a la Zarzuela? Al menos nos ahorrarían el coste de los escoltas. Sé que hay que dar trabajo a esa pobre gente, tan despistados hoy y en el paro tras la derrota de ETA, pero mejor sería llevarlos al Metro, nos protegerían de la presencia de tanto carterista. Pero es que al cuñadísismo hay que protegerlo de los fotógrafos. La prensa, parece, inquieta más que los malhechores.

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Hemos visto la ceremonia más absurda jamás filmada. Jugando a la letrilla de la Constitución, los líderes de los partidos, nos lo ha reiterado la prensa como si fuera el no va plus, fueron a despachar con el Rey antes de convocar elecciones. ¿Qué se dijeron? El teatro también está lleno de escenas de este tipo. Ahí, dos de los actores se arrinconan haciendo que hablan. El guion, en sus anotaciones de escena, lo deja bien claro: “El rey y sus duques se retiran a deliberar”. Gesticulan aparentando una tensa discusión. Eso es lo único que ve el público. 

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Entre ellos, estoy seguro, aprovechan para hablar de la taquilla o del mal estado de los camerinos. ¡Qué más da!, el libreto va a lo suyo. He tenido esa sensación de asco ante ese paripé de la política. El ingenuo de Iglesias se atrevió, incluso, a proponer algo. El Jefe del Estado -para eso está, decía- tenía ahí su cometido constitucional más claro e imperioso. El texto nos habla de moderar y arbitrar, nosotros preferimos decir “lubricar” el sistema, engrasarlo para que funcione y no se gripe. Lo dijo y se le echaron encima. 

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¡No!, esto pondría en vilo la institución monárquica, el papel del rey debe ser exquisitamente neutral sin meterse en la acción de gobierno (en cambio, sí que metió mano en lo de Cataluña), además, si la mediación sale mal, terminaría pasándole factura -ya se la está pasando-, deterioraría su imagen y abocaría a una crisis constitucional (¿Peor aún que la que tenemos?). Ahora bien, nos diría El Principito de Saint-Exupéry, si ni esto puede o sabe hacer, ¿para que nos sirve?

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Perdonadme que me ponga serio. Esta es la diferencia entre una monarquía y una república, es decir, entre un presidente y un rey. Es cierto que en ambos casos su figura, en el día a día, tiende a ser anodina, meramente protocolaria y casi ausente. Pero cuando surge una crisis de este tipo, un presidente -ahí lo hemos visto en Italia- puede y debe mojarse. Y si sale mal, pues eso, se quema y se le cambia. Y listo. En las monarquías, reducida su labor a mero protocolo (un carísimo protocolo por otra parte) esta posibilidad se desvanece.

¿Qué de que hablaban? Yo me veo a Felipe Sexto sentado en ese ridículo tresillo de la Zarzuela con un par de pinganillos en los oídos. A su vera Sánchez, Ribera, Casado y los demás, hete ahí, dale que dale. Que, si me dijo, que, si no quiere, que, por mí parte…, etc. etc. Y mientras, él, oyendo “Los Cuarenta principales”.


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