Tiempos del Yon Kippur. Para unos no más que una fiesta. A otros nos recuerda todavía una guerra. Toneladas de tiempo denso cubren, como las arenas de aquel desierto, recuerdos que nos vienen del pasado. Todo ha cambiado, nos dice el calendario. Es posible, pero a la vez no deja de destilar una cierta sensación agridulce de que todo sigue igual. El príncipe de Salina, en la magistral “El Gatopardo”, pronuncia una frase que hiela la sangre hasta los huesos “Hay que cambiarlo todo para que nada cambie”.

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Decía Winston Churchill que hay espacios geográficos que son incapaces de digerir la historia que generan. Para él la historia era todavía ese rosario de grandes cosas. En “El tercer hombre”, lo recuerdo de la película, pero supongo lo dejó transcrito Grahan Greene, la historia reclama dolor. Sin ese sentimiento trágico el texto histórico carece de relevancia. Orson Welles -¡qué magistral malvado!- se lo espeta a su antiguo amigo y camarada: “¿De que le sirve su pacífica molicie a Suiza?”, nos viene a decir señalando su olvido por la historia. 

El monstruo al que interpreta se decanta por Florencia, donde el crimen convive con las bellas artes. “Ahí, los asesinatos de los Médicis hicieron posible la maravilla del David de Miguel Ángel, en cambio, al país helvético solo se le recuerda por los relojes de cu-cu y las tabletas de chocolate”. El prestigio de los grandes acontecimientos. Es decir, la escena. Recuerdo a Thomas de Quincey.

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Pero, pese a todo, algo cambia (“eppur si muove”, dirá, en voz baja ante sus jueces, el cobarde de Galileo. Lo de cobarde lo digo con conocimiento de causa. Yo caigo a menudo en su misma cobardía). El continuo cambio es el más sagrado de los milagros que consigue el tiempo. La tragedia se hace chisme. Ni siquiera comedia. Hoy día el puñal de los Médicis a duras penas ocupa una vitrina en algún museo urbano. El libro de historia se vuelve guía turística y la imagen magnífica del Lorenzo pasa a compartir página con el inventor de los spaghettis. Para el turista chino -como a cualquier otro- la Piazza della Signoria no es más que una ampla terraza de cafés, por cierto, bastante caros.

A ese Oriente Medio (así se decía antes) le ha pasado lo mismo. Su Historia, esa que hacía castañetear los dientes, empieza a perder fuelle. Israel se debate entre la tragedia y la normalidad. Es tiempo de trasladar al museo los bustos de Golda Meir y Moshé Dayan. Sin embargo, los que conocen la historia saben que, con esto, el heroísmo, es decir, las bases mismas de la unión sagrada, deja de tener sentido. la normalidad entraña sus cosas, la pérdida del entusiasmo, un cierto frío en las relaciones, miradas furtivas hacia otros lados. Las viejas historias -y esas Lamentaciones que se oían desde Babilonia- se convierten en monsergas, suenan, incluso, cursis traducidas a los siete idiomas turísticos. Los chinos las oyen, no sé en que lengua, desde ese audífono que les cuelga al pecho. El turismo, amigo. La normalidad es el turismo. Y, fíjate que casualidad, hoy está en crisis.

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Lo llamaron Tierra Santa (antes, incluso, fue la Tierra Prometida) y para justificarlo la llenaron de cadáveres. De los Macabeos a la destrucción del Segundo Templo, Cristo por medio. Todos mártires, es decir, testigos de Dios según el griego. La pasión religiosa -ese fanatismo suicida- alcanzó la puesta en escena del ascenso a los cielos. Santa Helena, la madre edípica de Constantino, fundó allí el primer parque temático. Con un sentido profundo de la propaganda, diseñó un Jerusalem al gusto de las Escrituras. Nos lo hemos creído hasta nuestro siglo. En definitiva, los discípulos de Al Qaeda no inventan nada: mucha sangre y una buena toma, he ahí el secreto del éxito. El espectador entregado está dispuesto a creérselo todo.

Como siempre, la razón protocientífica de un helenismo pujante -y Roma estaba también en esa línea- no pudo nada frente el martiricismo de la sinrazón teológica. De los Macabeos a Santa Eulalia. Visto lo visto -y ya pienso en nuestro siglo- posiblemente la más post-moderna de todos.

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Netanyahu, mero sosias de Kaifás (ese es su complejo), como antes le ocurrió a Sharon y algunos otros, añora los tiempos de los Macabeos. Acorralado por mil frentes, desearía en el fondo la presencia de nuevos seléucidas, y sin embargo, Eppur si muove. Con la dificultad de tanta Historia, con lo paralizante de tanta truculencia barroca, contra el barro de tanta estulticia, algo se mueve. Lo comprendí -tronchándome de risa- al ver recientemente un anuncio. 

Tel Aviv, ciudad turística. Bastará recuperar el gran turismo en Damasco -con la emoción de contemplar los estragos de la guerra (me basta un par de actores amateur cansados de bailar tangos en “Caminito”)- y la paz, la paz la auténtica, esa que convierte la historia en suvenir barato, habrá llegado definitivamente a esas doloridas tierras. Espero que el coronavirus no nos fastidie el invento.


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