Pablo Iglesias, el Moisés de los nuevos tiempos

De todos los héroes del mito hebraico hay uno que no deja de obsesionarme. Máxime si nos acercamos a este personaje con las gafas de Freud en “Los orígenes del monoteísmo”. Hablo de Moisés. En estas vidas paralelas que vengo diseñando en este blog donde Assange es Prometeo, Sánchez Agamenón y Casado el Ciutti de la comedia de “El Don Juan” de Zorrilla, Pablo Iglesias -sí, sí, “el coletas”- es para mí el Moisés de la política española.

Moisés es el personaje más trágico del aparato bíblico, casi el único trágico si obviamos ese interesantísimo sujeto, oculto entre los pliegues del texto y que, luego ya con Milton, alcanzará la condición de protagonista -véase “El Paraíso Perdido”-, ese Satanás que hace del Génesis una verdadera epopeya. Pues sí, junto a ese Satanás, es Moisés mi personaje preferido.

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Para mí, el cénit de la tensión trágica en este episodio del relato se consigue -como siempre sucede en la tragedia- en el último momento, verdadera clave del poema, ese momento en el que contempla la Tierra Prometida a sabiendas, he ahí el desgarro, que le resulta prohibida. Ese Moisés derrotado por su propio coraje encierra toda la poesía del Antiguo Testamento. 

Me atrae ese Moisés de la duda (¡que moderno resulta en ese punto!, casi cartesiano), una duda repleta de impaciencia, de deseo, premonición de ese destierro al que, de nuevo la leyenda, ese Dios terrible condenará luego a todo su pueblo. En definitiva, me emociona esa angustia, ese dolor que encierra el: ¡Qué difícil es eso de “pisar los cielos”!

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LEs cierto que el resto del relato bíblico carece de dimensión trágica. Sus héroes son demasiado previsibles, al final es siempre ese dios -Yahveh- el que lo resuelve todo. Puro “deus ex machina” de los malos comediantes. El pathos desaparece disuelto en la urgencia de una fe necesariamente a toda prueba. Eso es lo que hace de Moisés un sujeto absolutamente distinto en la tragedia hebrea. Ni los Macabeos, a mi gusto algo atolondrados, ni esos reyes embrutecidos de lujo y sexo, menos aun los patriarcas cuyas maneras carecen de misterio, ninguno de ellos me convence. Definitivamente, frente a todos, es Moisés el héroe perfecto.

Personaje fronterizo donde los haya. Lidera al pueblo judío sin ser judío. Quizá, como nos dice Assmann (“La distinción mosaica”) no fuera más que un sacerdote egipcio de esos que aún seguían a Akenatón después de muerto, o sea, nuevamente alguien colocado en los márgenes de la historia. Contra-hereje me atrevería a decir, contraponiendo su misticismo -el primer monoteísmo de la historia- a la religión más politeísta que jamás haya existido. Ni judío ni egipcio (algo de eso sabe el Deuteronomio), ni de aquí ni de allá, nacido, como reclama su nombre (falsa etimología) en las movedizas aguas de un río. Una ausencia de raíces (destierro) que nuevamente confronta con el pueblo por antonomasia, pura diáspora. También fronterizo en ese nuevo concepto de religión y que abocará, ese es el pecado oculto de todo monoteísmo, al ateísmo moderno. Me atrevo a apuntar a Spinoza como primer ateo.

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Cuarenta años de duda nos cuenta la leyenda. Nuevo Ulises perdido esta vez en el desierto. Más pareciera, como le sucede al héroe homérico, ansioso de jamás llegar a su destino. ¡Que catálogo de dudas! Duda ante ese monte donde se oculta su dios invisible, duda ante esa llama que abrasa su pecho, duda ante esos valles repletos de vida y riqueza, pero que niegan su destino. Terrible contradicción, donde aceptar la victoria supone la misma muerte.

Iglesias, Pablo, también apuntó a los mismos cielos. La leyenda que hablará de él -en ese olvido que seremos- nos cuenta que un día, a mediados del mes de mayo de un año incierto, arrastró todo un pueblo más allá de las cadenas de sangre y sudor de un mar rojo de ira. También contará la leyenda como ese pueblo se fue cansando de tanto esfuerzo, que pronto se vio atraído por los falsos dioses que encerraban las tabernas y adoraron un burdo becerro convertido en “tapa”. Lleno de dudas, nos dirán las largas cadenas de heptámetros, golpeó hasta tres veces en la fuente de la vida. Al final, la cólera del dios de las encuestas le castigó con ese no poder pasar del Purgatorio.

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Sé que mezclo leyendas. Que aquí, nuestro personaje, se confunde con el Virgilio de La Comedia. Me es igual, en todos ellos adivino ese misterio que adoro en los personajes auténticos: la duda. Esa duda que es capaz de corroernos hasta el tuétano. Le imagino, esto es ya de cosecha propia, contemplando, desde las áridas rocas que bordean el desierto, esos valles de la vida repletos de alegrías y miserias y a las que el destino le veda definitivamente el paso.

Así lo vi desde la fundación de Podemos.


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