Prometeo encadenado

De todos los héroes griegos, Prometeo es el más humano. Así lo percibe Esquilo en esa maravillosa tragedia, la única que, cuando la leemos, nos hace sufrir con el personaje. Otros nombres nos llenan de extrañeza. Agamenón, Áyax, el viejo Edipo o el joven Orestes, no son más que arquetipos, ideas de la realeza o la soberbia, de la locura o del mismo destino. Con Prometeo la sensación es distinta, su tormento, encadenado en las altas rocas del Cáucaso y devorado por los buitres (¡Qué metáfora tan perfecta!) alcanza a nuestra sensibilidad de hombres y mujeres del siglo XXI. Y la pone a flor de piel.

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Nos enseña Eliade que el mito no busca instruirnos. Este fue el gran error de los mitólogos del siglo XIX (algo en lo que ya cayeron desde Varrón hasta el mismísimo San Agustín) Pensar que el mito, como la fábula, tenía una moraleja nos llevó a estúpidas consecuencias. ¿Qué nos puede enseñar un Edipo y sus extraños amores incestuosos? En absoluto. El mito no es más que la condensación de esa irracionalidad que anida en lo más profundo de nuestro ser y que, no pocas veces, nos conduce a la locura. De ahí esa ambivalencia que se desliza en sus liturgias.

Parece enseñarnos algo y, a la vez, nos arranca de esas enseñanzas llevándonos a la inconsistencia del misterio. Pienso, por ejemplo, en ese otro mito, el de Pandora, una lectura ñoña, durante siglos, nos propuso ver ahí la potencia ética de la esperanza. En Prometeo, por el contrario, el discurso que se traduce nos llena de desazón, pura melancolía. Pandora y Epimeteo (curiosamente, hermano de nuestro héroe) recrean el mito eclesiológico de la Gracia divina. Prometeo, en cambio, señala directamente a la virtud cívica. Es puro ateísmo.

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Prometeo quiso liberar al hombre de las miserias de la ignorancia. Sus carceleros -puñeteros lacayos, como los que abundan hoy día- lo dirán, en la tragedia, bien claro. Estamos en el primer acto: “robó el fulgor del fuego a los dioses, esa flor incandescente de donde nacen todas las artes, y se la entregó a los mortales. Preciso es que pague por este delito para que aprenda a soportar el poder absoluto de Zeus y abandone su propensión a amar a los seres humanos… 

Roba a los dioses sus privilegios y se los entrega a seres efímeros” yo añadiría, e inconsistentes. Su pecado no fue más que ese, enfrentarse al Todopoderoso creyendo que, por encima de él, anidaba el pájaro de la Justicia. Terrible la enseñanza que nos deja: el malo, si es poderoso, siempre triunfa. Hoy lo llamamos realismo político y sobre sus enunciados se construye toda la teoría del Estado, como diría el poeta barroco, “la virtud escarmentada”.

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De nuevo se repite la tragedia. Sé que las cosas son más complejas, que Prometeo fue, en un principio, aliado inquebrantable del mismo Júpiter, que la ruptura fue más tarde. Pero todo esto es la leyenda. El mito, sin embargo, recrea las formas en esa imagen sublime: el atrevimiento de robar al tirano, el acto hermoso de entregar esa flor de la verdad a los míseros humanos, la consecuencia terrible del castigo. Los actores son bien pocos. Los dioses del Olimpo, los miserables carceleros a los que hasta el poeta mira con desprecio, y ese héroe generoso, terriblemente bello, perdido en los sórdidos calabozos de una prisión en el Tártaro.

Pascal Quignard nos propone una lectura de los mitos como pura imagen congelada. Solo es mítica una historia si es capaz de condensar toda su energía en el destello de un abrir y cerrar de ojos. Prometeo, en ese fulgor, es la representación plena del verdadero ciudadano. Ni dioses ni reyes, parece decirnos -nuevo Blanqui- desde el precipicio que le devora.

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La historia de Julien Assange me reintroduce brutalmente en este mito. No entro, ni quiero entrar en la razón última de sus actos ¿Es que todas nuestras acciones se nutren de la sagrada sustancia de lo bello? Haya lo que haya tras su atrevida apuesta, esto nos debe ser indiferente. Como digo, no estamos en el terreno de la fábula. Aquí no pretendemos lecciones que nos hagan mejores, si fuera así, la enseñanza sería aterradora: es menos delito el asesinato más cobarde al gesto de la denuncia que desenmascara al asesino.

Sin embargo, el mito no es más que esa forma, ese bajorrelieve que penetra nuestras conciencias, algo que queda grabado en la piedra de los templos. Y ahí lo que se ve es justamente eso. El héroe encadenado por orden del nuevo déspota (el bueno de Obama encarna aquí la máscara del tirano) ¿Su culpa? Enseñarnos el fuego de una verdad que todos ya sabíamos: que no hay derechos humanos cuando el poderoso quiere algo. La parte cómica, lo que nos despierta el vómito, son las figuras de esos esbirros a los que el mismo Esquilo mira con desprecio. La vieja Europa se enfanga de mierda y la antaño altiva Inglaterra hace hoy de miserable carcelero.

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Hasta el bárbaro de Putín con Snowden, nos ha dado aquí lecciones de ética.


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