A lo largo de este año que llevamos de blog, hemos querido trabajar sobre los personajes. A lo sumo, junto a las figuras de esta literatura de la vida, hemos mirado también a ese pueblo -esos pueblos- y sus fiestas, buscando desentrañar el protagonismo colectivo del coro. Sin embargo, esta ha sido mi experiencia estos días, el teatro se construye sobre algo mucho más material e inmediato, el escenario.

La palabra escenario hace remisión a ese muro que, como un diámetro, cierra el espacio semicircular de la arquitectura teatral. Una pared que, al cortar la mirada de los espectadores, nos obliga a centrar nuestra atención en los personajes. Sin ese muro, en aquellos espacios abiertos del teatro greco-romano, la mirada se perdería, atraída por la inmensidad de los valles. El escenario funciona, así, como un verdadero resorte. Sobre él, como en los juegos de sombras, los actores realzan su figura, todo ello a la vez que la voz se multiplica, arrastrada por ese efecto eco que tanto misterio incorpora.

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Pues bien, hoy la casa, las casas, se han vuelto escenarios y el teatro nos hace penetrar en la intimidad de nuestro ser. Frente a las majestuosas columnas que nos hablaban de dioses y reyes, el salón, incluso ese cuarto de estar o la misma “chambre”, recrean un protagonismo que se confunde con la vida.

Otro día me detendré en las posibilidades psicoanalíticas que se descubren tras ya más de diez semanas de confinamiento, hoy, mi humor me lleva, sin embargo, a deleitarme en esa escena, múltiple, variopinta, alocada, fruto de la disposición de las nuevas técnicas telemáticas, a la que nos ha conducido el trabajo en remoto, teletrabajo, en definitiva, ese trabajar desde casa.

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No. No estamos ante la casa taller o esa casa de labranza de la sociedad precapitalista, tampoco esa casa burguesa, con sus salones y visitas donde se “recibía” reconstruyendo en lo privado el espacio público de la conversación y el debate. En “Casa de Muñecas” como en otras obras de Ibsen, como en el teatro de Buero o las piezas más antiguas de Moliere o Vanbrugh. En todos esos espacios, la casa, pese a su intimidad, mantenía esos lugares de publicidad que facilitaban su expresión teatral. La casa era todavía ese domus romano donde, sobre el vínculo familiar, se levantaba el aparato de la ciudadanía. Lo que acontece ahora, lo que nos está aconteciendo estos días, es ya radicalmente distinto.

Público y privado se fusionan y disuelven, con ello, la ciudad y la casa han terminado confundiéndose. ¡Qué digo de McLuhan y su premonición de la “aldea global”! Hoy asistimos a una nueva vuelta de tuerca, nos enfrentamos, esta es mi tesis, ante la “casa global”: la casa teatro, nuevo escenario de la existencia moderna.

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Así, de pronto, las puertas del hogar se han abierto por la ventana del zoom y, pese a los mil cuidados puestos, los muebles recónditos de esa salita en la que nos recogemos, se han vuelto escena. La figura del retor que enuncia su discurso se ve retratada, no por esas arquitecturas de lo sublime a las que estábamos acostumbrados, esas columnas del Congreso a las frías perspectivas de las aulas universitarias. Hoy, lo que viene a recortar la mirada, a concentrar la atención de ese público que nos atiende al otro lado del milagro informático, no es otra cosa que el decorado de la intimidad en la que vivimos. Los muebles y esos cachivaches con los recuerdos que llenan nuestra existencia, alcanzan un protagonismo que ya quisiera para sí el actor de fama.

Me llamareis morboso, mirón o cotilla, pero en esas insulsas entrevistas que emite la televisión “desde sus propias casas”, hasta esas videoconferencias a las que nos vemos abocados por el teletrabajo, lo que al final más me ha interesado son justamente lo muebles. Ese muro de objetos sobre el que el zoom de la cámara del portátil proyecta la imagen de un interlocutor confinado.

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De pronto, como si el maligno virus que nos asedia se cebase más en la piedra que en los hombres, ambas esferas, lo público y lo privado, estallan imponiendo una mezcolanza de objetos que amenaza con arrumbar la cuidadosa separación de espacios que construyó el pensamiento moderno. Lo privado, los cachivaches de la salita de estar, la dulce molicie que se desprende de esa butaca, los recuerdos de aquel viaje concentrados en esa mala imitación comprada en el bazar, todo esto rompe el espacio de la intimidad, sale a la calle y se hace política. Como decimos, en medio de la solemnidad del espacio público, de pronto, ruge la intimidad de la vida.

La intimidad más recóndita se vuelve escena. La pesada descripción de factoriales sobre la que sustentamos nuestro discurso, la cascada de autores y citas que soportan los argumentos de nuestros enunciados, se ven asaltados, sin solución de continuidad, por los llantos de un chiquillo o el placido paseo de un gato, indiferentes ambos a los apuros profesionales del ponente. El foro que recrea el ordenador y que se creía público, resulta no ser otra cosa que un gineceo. La vida, como en esas ruinas perdidas en la selva, termina llenando de verdor las oscuras aristas de las piedras.

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Oigo rumores de crisis. Los expertos nos dicen que la sociedad se va a ver sacudida por un verdadero cataclismo social. Que lo peor no estará, siquiera, en esas listas interminables de caídos a la que nos afronta nuestra primera batalla con un agente desconocido, lo peor vendrá luego, nos dicen, en medio del default de una economía sustentada en el efecto burbuja. Esas “pompas” que decían los clásicos y que el catecismo cristiano identificaba con el pecado (la conciencia teológica adivinaba ya las dos crisis con las que comenzó el siglo). Pues no. Lo peor -o lo mejor, vaya usted a saber- lo que verdaderamente nos trastornará como sociedad, no va a ser otra cosa que esa confusión enloquecida entre lo público y lo privado a lo que nos afronta, hasta el desquicio, una de las consecuencias inesperadas de esta pandemia que padecemos: “El teletrabajo”.

Como descubrieron asombrados los revolucionarios del “Mayo francés” mientras levantaban barricadas en calles y plazas, debajo de los adoquines había playas.


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