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Que caigan las palabras

¿Cuán real es la súplica que susurramos cuando ya es demasiado tarde, cuando deseamos recapitular y hacer algo que impida el desenlace que ya conocemos? ¿Cuánto líquido derramaríamos si nuestras palabras cayeran? ¿Serían acaso un intento hueco de redimirnos? 

De pequeña estaba convencida de que hallaría la cura para todas las enfermedades porque, ¿qué sueño es más anhelado que aquel que nos abre las puertas a salvar a toda persona que hemos amado? Y ahora, sin embargo, me pregunto si las metas que nos proponemos de niños se nos resbalan de las manos no por ilusas o ingenuas, sino por conformidad y cinismo. ¿Qué otra razón podría explicar nuestra realidad más actual? ¿Qué puede justificar que aquellos que llorarían nuestras penas nos pongan en riesgo por la incomodidad de no querer usar mascarilla? ¿Qué puede excusar que aquellos que darían sus vidas por las nuestras deliberadamente atenten contra ellas?

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¿Pensamos acaso que ya no hay pandemia? ¿Que el hecho de que mueran más personas de cáncer que de coronavirus nos exime de la responsabilidad de nuestros actos? ¿No son las enfermedades víricas quizás las únicas en las que cada uno de nosotros, como individuos, puede realmente hacer ese algo que siempre hemos deseado? ¿No tenemos acaso más control en su transmisión de la que podemos tener sobre cualquier otro patógeno que pueda herir y herirnos? 

Cada año hay un verano, cada día una fiesta, una reunión familiar e incluso una oportunidad de viajar. Pero, ¿cuántas veces podremos decir que hemos impedido que nuestra mejor amiga pierda para siempre la sensación de saborear su fantástico helado de fresa? ¿Cuántas veces podremos decir que les hemos dado a nuestros abuelos y padres más días en los que crear con nosotros los recuerdos que para unos serán memorias de por vida y para otros razones de que su paso por el mundo ha valido la pena?

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Por primera y quizás única vez podemos ser los héroes y heroínas de nuestras películas, libros y cómics predilectos, pero nos parece tan absurda e irreal esta situación en la que vivimos que le decimos que no sin rechistar. Quizás nuestros actos no sean suficiente, pero a día de hoy son más relevantes de lo que nunca lo han sido. Tal vez el virus que arrebata vidas también nos permita ser capaces de salvarlas.

Mis palabras han caído y estoy empapada. La pregunta ahora es: ¿lo estás tú?


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