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Retorno

Volver al inicio, a donde la cáscara sigue intacta y la mariposa es todavía oruga. Me fui sin recrearme en la pena, sin meditar la ida, sin sentir la marcha como pérdida, pues creía haber perdido allí demasiado, suficiente para querer marcharme y suficiente como para, de no hacerlo entonces, vivir eternamente en mi propio Estocolmo.

No pensé que volvería, no cuando las visitas que se alargaban me pesaban, cuando era consciente de que allí el mundo, lleno de grilletes, no giraba ajeno al resto sino a su merced. Sin embargo, cosas impensables pasan e, incluso decorado con gárgolas y telarañas permanentes, la cuna, primaria y animal, se torna el lugar más seguro.

Me siento feliz, aún sabiendo que esa felicidad que mantiene a una adulta en tan minúsculas proporciones es perecedera. Aquí uno no puede perderse, y aunque apetecible para muchos, yo anhelo el vasto espacio que presenta peligros y me obliga a enfrentarlos sola. Encontrarse no es tarea fácil, pero parece entrañar mayor complejidad cuando las paredes que te encierran llevan ya tu nombre.

He vuelto y agradezco vivir todo aquello que creí haber dejado atrás, que no supe que había pasado hasta que mi cama dejó de estar a cientos de kilómetros para dejarme sobre ella reposar. Estoy aquí, deseosa de ver la lluvia a través de otros ojos, de sentir en las mías esa taza que va pasando de manos, de recibir el beso de buenas noches, de tener la sensación al cerrar los ojos de que si al despertar me he olvidado, hay quién me ayudará a recordar.

Estoy donde empezó, pero con la historia ya avanzada. Mis 13 y mis casi ya 23. En casa, y haciéndoos creer que esto va de haber vuelto cuando en realidad va todo sobre irme otra vez. .


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