Hoy te escribo a ti, «Dios del Amor», cínico y prepotente.

Has juzgado mi soledad, limitando las acepciones que a ella se le puedan atribuir. Piensas que sigo a la espera de mi príncipe azul, que tengo altos estándares, que debe haber alguna carga en mí que nadie pueda aguantar, que soy tímida o, quizás, simplemente que mis pechos y mi culo no son lo suficientemente imperiosos.

Dices que soy fría, tajante y demasiado decidida como para que ello pueda llegar a ser atractivo. Tú, que hablas del amor como si la transgresión de tu lengua en bocas ajenas te diera experiencia. Tú, que disfrazas el enamoramiento con la más banal de las adulaciones, y si, tú, que temes mi firmeza como lo hizo el primer hombre que vio a una mujer enfundada en pantalones.

«Dios del Amor» te haces llamar, no me extraña que el mundo este lleno de tanto fetichismo con alguien como tú liderándolo. Confundes el amor con el placer, lo sexy con lo fácil y la amabilidad con el deseo.

Puedes desterrarme de tu mano de corazones. Mi juicio fue tu sentencia. No necesito a un hombre que me salve, ni conformarme con alguien que no me llena. Creo en el amor, pero no el tuyo. Creo en aquel que surge de uno mismo y se transmite a los demás, en la mente que desnuda mi desnudez y en la persona que transciende la física para que volvamos a ser polvo estelar.

Viví feliz antes, vivo feliz ahora y viviré feliz después, sin comer perdices, porque así soy yo.


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