Para los que quieran ahorrarse este artículo, confieso de entrada que no tengo la respuesta. ¿Es posible un teatro sin público en esos aforos limitados a los que nos condenan las exigencias sanitarias? Llevo todo el verano pensando y meditando como sería (¿será?) el modelo próximo del mundo del espectáculo si esto de la pandemia -y las que la sigan- se instala definitivamente entre nosotros. Distanciamiento físico, renuncia a todo contacto humano, grupos reducidos, condena de toda multitud. ¿Será posible, con este nuevo formato, la idea misma de fiesta?

De nuevo y entre mis premisas, me niego a reducir el mundo de la representación y la vida (¡la vida alegre!) a las meras formas del teletrabajo. La televisión, el video y el “me gusta” como las únicas maneras de un futuro espectáculo me sobresaltan hasta el escalofrío. La idea de fiesta -y el circo de la representación no es más que una de sus formas- es incompatible con la soledad de uno mismo. En otra entrada decíamos que si el llanto busca el recogimiento, la risa reclama el contacto. Solo los locos se ríen solos. La alegría es necesariamente contagiosa y en esto, por suerte o por desgracia, se acerca a la pandemia.

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No me extraña que el sistema reviente en esas costuras por las que circula la sangre joven. Botellón, fiestas clandestinas, el ocio de la noche… El reír de ese otro que tengo a mi lado es el estímulo más eficaz para mi propia risa, por eso los malos programas de humor la incorporan como “risa enlatada”. Sin risas, ¿qué somos? Hasta la procreación, en las especies denominadas sexuadas, reclama de ese “regustillo” que tanto debe a la fiesta. El alcohol, los cuerpos vibrantes, el brillo del sudor recorriendo pechos y espaldas y esas locas cadencias de brazos y piernas reflejan la parte más sustancial de la vida. Más allá del “homo sapiens”, o ese “homo faber” del pensamiento socialista, como reclama Huizinga, la esencia del hombre es el juego, “homo ludens”. Parafraseando al genial Giacometti, somo “El hombre que baila”.

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Sexo y alcohol se decía en los sesenta (y mejor alcohol que otras cosas). La mismísima Escuela de Frankfurt ratificó esa dinámica como la esencia misma de nuestra condición humana. Siglos antes y pese a la escasa experiencia que le permitían los hábitos, lo dejó dicho también el Aquinense pensando, algo inquieto, en las virtudes del Paraíso. Si no era para gozar en el roce de sus epidermis, ¿para qué, si no, antes del pecado, dejó Dios, desnudos y solos, aquellos dos jóvenes en las tórridas sombras de un Edén escondido?

Por eso me sobresalta la pregunta ¿Qué quedará de la vida -ese sexo y alcohol que decimos- si la “nueva normalidad” impone su curso? Santo Tomás se rebelaba así contra esa espiritualidad brutal que ensoñaron algunos de los príncipes de la Iglesia. Y es que Dios creó al hombre en su día de fiesta.

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En “Pensamientos de Verano” -la última entrega- hablábamos de Decadencia. Anotábamos ahí ese triunfo del cristianismo sobre la loca razón de la religión pagana. Atletas de una virtud desquiciada hicieron de la idea de pecado el mecanismo de control social más poderoso que haya conocido la humanidad en milenios. Y lo primero que persiguieron fue el circo y el teatro, y con ello esa fiesta de la vida a los que conducen sus bacanales y orgías. La resonancia del dios Baco ya nos avisa de por dónde iba la cosa. Nuevos (y viejos) iconoclastas, al poco, siguieron sus pasos. 

Unos prohibiendo la manduca del cerdo, otros, además, añadiendo la ingesta del vino. Un prohibir sobre prohibir y por el mero prohibir, con la única finalidad de agarrotar nuestros instintos. Mil años hacen a todo eso lo que hoy conocemos como Medievo. La libertad de creación, o sea, la poesía -lo vimos en “Charlie Hebdo”, pero igual sucede del Muro de los Lamentos a la Diócesis de Alcalá- fue su principal víctima. Las tres inquisiciones -que no Culturas- quisieron robarnos la sonrisa. Afortunadamente no lo consiguieron. La romería piadosa, de siempre, retozó “por rastrojos”.

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Hoy, entre los llamados científicos, viejos teólogos predican nuevas abstinencias. Agazapados entre los datos, se cuelan consejos y propuestas que suenan casi a ética. Y la ciencia solo lo es si se desprende de toda dependencia. Divina y humana. Ya lo dijeron de Copérnico a Holbach y, desgraciadamente, pocos más.

No sé cómo será el nuevo espectáculo, pero sé que su risa (da igual que sea trágica) sonará de nuevo. El griterío de las gradas (aulas, parlamentos, plazas y estadios) nos hace humanos. Seguiremos con nuestra encuesta.


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