¡Un año ya, y en cartel! Así se proclamaba el éxito de una obra allá por el siglo pasado. Expresión del interés de un público ávido de espectáculo. Algunos, incluso, caíamos en la trampa del anuncio y volvíamos a comprar la entrada para ver de nuevo las payasadas de sus protagonistas. Laurel and Hardy, aquí El Gordo y El Flaco, acumulaban las risas de niños y mayores en sus, aparentemente, improvisados porrazos. Un año en cartel llevan también en la querida Venezuela eternizando sus tristes bromas pese a que, a duras penas, alcanzan ya a levantar una sonrisa.

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Otro truco de los feriantes era lo que llamaban “giras”. De pueblo en pueblo llevaban, ese era su circo, los protagonistas de sus risotadas. Ya lo conté una vez, esa “la Carava” de la feria de Málaga y que aún me contaba mi abuelo divertido y nostálgico. Una burra vieja vestida de atuendos principescos, ella era la que, antes, araba sus campos, se defendía el spiker entre burlón y sincero. Yo también me acuerdo de ese mono –mono de feria, se llamaba- al que vestían con chaquetas reales. 

“El Archipámpano de las Indias”, ponía el cartel que, en didascalia, hacía de noticiero. Entre risas y bromas saludábamos a esa su majestad que había aprendido a golpear y hacer cabriolas, con gracia infinita, con su sombrero aristocrático. También feria de los horrores, como la de ese “Engendro” itinerante que protagoniza “Divinas palabras”, o esos monstruos de la “Parada” homónima con la que el expresionismo alemán nos afronta a las miserias del siglo XX.

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Para Carl Marx la historia se repite, pero que cambia de clave, y con ello pasa de la grandiosidad de la tragedia a las formas menores de la comedia. El problema es cuando lo que se repite es ya comedia. En este caso nos aboca necesariamente al hastío. El espectáculo entraña novedad, la irrupción inaugural del acontecimiento, ese “lo nunca visto” que repetían en la escena del circo. Mantener una obra la friolera de un año impone una extraña fusión entre la vida y la escena. La propuesta del filósofo de Tréveris incorpora una metacrítica de interesantísimas consecuencias en el espacio teatral, la necesaria deriva de los estilos. Pero con ella, también, el agotamiento de la función poética. Degradado el texto a comedia, su reiteración nos desquicia. Volver a ver de nuevo la galería de los monstruos conduce inevitablemente al aburrimiento.

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Y es que, como decía el genial Roland Barthes, “el contexto es por status reductor del sentido”. El lenguaje se enmarca siempre en un ecosistema de signos que constituye su espacio de referencia. Ahora bien, ese ecosistema está constituido no solo de palabras, también necesita sustentarse en la realidad de los hechos, por eso, toda palabra arranca y se mueve en un universo de sentidos que le viene impuesto desde el exterior a su enunciado. Pues al gesto teatral le sucede lo mismo. 

Las palabras, las poses, la misma presencia del personaje, pueden ser idénticos de una escena a otra, pero su significado es radicalmente distinto, trágico, cómico, poético o estúpido, según se adecúe al metatexto sobre el que gravita su discurso. Se pueden llevar coronas y mantos reales, cruzar el pecho con bandas de colores presidenciales y pronunciar palabras con ese “nos” mayestático de la auctóritas pedante, pero solo eres lo que dices si lo corroboran los hechos. Como decía el gran maestro, la palabra puede jugar con la realidad, pero no la crea, de ahí la necesaria identidad entre esa puesta en escena y la realidad de la vida.

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Aquel otro tirano, como el Emperador de hoy en los tiempos modernos, elevó a su caballo a los honores consulares, no sé si interinos, correspondientes o vaya usted a saber cómo. El bello corcel recorría plazas y pueblos en triunfal “gira” en los dominios imperiales. Las llamadas autoridades locales, lo dicen las crónicas, le hacían las debidas reverencias y hasta el Alto Representante de la culta Grecia debió pararse para hacer que hablaba y discutía con él asuntos de estado. No dudo incluso que el inteligente Incitato respondiera, supongo, meneando crines y cola. Pero también imagino el final de la obra, y ahí veo al alcalde de turno que, terminada la escena, sacudiría la cabeza, avergonzado del papelón emprendido. Quizá, quitándose el polvo del jamelgo, correría hacia el Foro donde, inquietos, le esperarían sus pares. Necesario retorno a ese espacio resolutivo donde sí ocurren las cosas.

Desligar las palabras de la realidad que lo circunda es el instrumento privilegiado de lo cómico. En serio, solo se les ocurre a los locos y a los niños.


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