"El gran teatro del mundo"

Me prometí no escribir sobre Venezuela, me parecía demasiado fácil. Al contrario que Drieu, no he podido cumplir mi promesa. ¡Qué magnífico espectáculo! Dos gallitos de pelea sacándose los ojos. Ni el mejor circo romano ¡Y no faltan ni los pasos de baile! ¿No es un “minué” con el que ahora nos están deleitando? Pantaleón y Polichinela jugando al escondite y al “aquí te veo”. Un escenario teatral-político en la Comedia del Arte de los dioses.

Escribí en un libro que todo golpe de estado, para triunfar, precisa construirse como espectáculo. El juego maquiavélico no sirve más allá que entre bambalinas. La escena, es decir, el corazón del orbe, necesita el estruendo. Hay teatro cuando esa escena se vuelve significante, es decir, cuando es capaz de trasmitir, a un mundo que la contempla embelesado, la vena poética de la obra de arte. Todo está permitido menos el aburrimiento. Música, danza, luz y colores, la chispa de una frase bien construida y, sobre todo, el maquillaje. Que nos creamos las lágrimas y tengamos envidia de los amores.

Allí en Venezuela, la tragedia no resiste abrirse al lado cómico. Lo bueno, lo grandioso -doy, por ello, gracias a sus actores- es que la deriva cómica no surge del patinazo en el ridículo. Marx, contemplando el cuadro, hubiera empleado otro tono que con aquel Napoleón de opereta. Aquí la historia no se repite en ese “déjà vu” que nos empuja de la tragedia a la comedia. Aquí el giro es tan vertiginoso que no nos deja tiempo para saber de géneros. Puro Caribe. Solo a un genio del humor se le hubiera ocurrido solapar el golpe con el Carnaval más desenfrenado. Dios mío, ¡Qué espectáculo!

Como en las películas de Lubitsch, que imitan al teatro costumbrista del XIX, el espacio escénico se llena de puertas. En “To be or not to be”, la risa surge de ese continuo deambular por las tablas. Personajes sin ningún interés, se cuelan, entran y salen, rompiendo toda coherencia en el guion. Del absurdo hacen su lógica. Un ir de allá para acá carente de todo sentido. Desde las breves entradas ante los focos de personajes cuya exterioridad a la trama provoca por si sola la risa. -¡incluso un Abascal ha querido su cameo!- hasta la solemnidad de personajes como Juncker a Xi Jinping (como en la comedia alocada, no falta ni un chino), cuyo acento nos desternilla. Otros reclaman más espacio para afianzar su ridículo. Genial Trump y su corte comiéndose los bollos de la Ayuda Humanitaria en la misérrima frontera colombiana. Me partía de risa al ver al alcalde de Cúcuta reclamando que, si no tienen mejor destino, se repartieran aquellas viandas entre los numerosos pobres de su pueblo. Esa escena no la mejora ni el mismísimo Billy Wilder.

Ya oigo algunas voces: “¡Cuidado, que aquí hay muertos!” Pero ¿hay comedia que no los tenga? Todo el humor de “Primera plana” se basa en la retrasmisión radiofónica de una pena de muerte, ¡Y que decir de “El verdugo” de Berlanga!. La crueldad estremece las fibras de nuestra epidermis con la misma eficacia que las cosquillas. ¿Quién no se ha reído cuando su vecino patina al pisar la piel de plátano que se cruza en su camino? Ver, con ojos socráticos, los dibujos animados para niños, nos llevaría al escándalo: el gato estalla destripado en sus ansias de cazar al jilguero. ¡Qué risa! Contaba Gila un chiste del que aun me río. Hablaba de las fiestas de un pueblo y cómo su hijo, subido al poste de la luz, caía panza arriba electrocutado. “Se me habrá matado un hijo” –dice su personaje– pero en mi vida me he reído tanto”.


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